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Un viaje por tierras sagradas.

  • Foto del escritor: Sissi Arencibia
    Sissi Arencibia
  • hace 1 día
  • 4 Min. de lectura


Turquía tiene un encanto único porque, además de ser uno de los destinos más bellos, cautivantes y embrujadores del Planeta, posee la gracia de recorrer la historia bíblica y de que los caminos de la historia nos lleven a ella de una u otra manera.


Una vez que decides llegar allí te embarcas en un viaje sagrado, que va por las tierras de las Escrituras hasta los yacimientos helenos más asombrosos, los cuales evocan la época en que la costa turca del Egeo formaba parte de la Grecia clásica.


Un trayecto que enhebra ciudades míticas, pozas de travertino, ruinas históricas y viajes misioneros, marcado por un litoral escarpado que se abalanza sobre el mar en bahías profundas y valles, donde hasta los ríos han reescrito el destino de antiguos puertos.


Allí hay tramos de la Grecia antigua, donde se erigieron grandes acrópolis a los dioses del Olimpo, como el altar a Zeus, el templo de Artemisa y el Mausoleo de Halicarnaso, consideradas maravillas del mundo antiguo.


En sus límites estaba el vellocino de oro que buscaba Jasón y se alzó Troya, el escenario mítico de la Ilíada de Homero.


Allí se inventó el pergamino y se conserva uno de los conjuntos mejor preservados del Mediterráneo.


Llegar a Turquía es el sueño de muchos viajeros a través de los tiempos, porque ese punto, conocido antiguamente como Asia Menor, constituye un paso clave para entender la historia del mundo.



Para mí fue un deseo largamente acariciado y cuando me tocó hacer las primeras narraciones de ese viaje no sabía por dónde empezar.


Al retomar las vivencias de ese trayecto soy consciente de las tantas cosas que puedo hablar de ese límite geográfico, epicentro desde donde se puede contemplar el paso de muchas civilizaciones y milenios.


Allí nació y predicó San Pablo, vivió Pedro y San Juan escribió el cuarto evangelio y el Apocalipsis.


También la virgen María pasó sus últimos años tras la muerte de Jesús, dando la posibilidad a Lucas de recoger sus testimonios en el evangelio.


Dos terceras partes del nuevo testamento se redactaron desde lugares ubicados en este maravilloso país, que concentra alrededor de un 60 por ciento de los escenarios bíblicos que se mencionan en las Escrituras.


Más que cualquier otra nación de Oriente Medio, en ella yace el sustrato que alimenta hoy día las peregrinaciones cristianas, en tanto los primeros creyentes de esa fe se escondieron en cuevas y ciudades subterráneas de su geografía, durante las persecuciones.


En la península de Anatolia confluye casi todo. Allí nacieron o pasaron algunos de los personajes más venerados por esa corriente religiosa y su huella está en Tarso, Konya, Antioquía, Esmirna, Efeso y Pérgamo.


Constatar esos espacios sagrados, fotografiar sus ruinas y revivir esa historia de siglos es lo que hace que mi viaje tenga sentido.


La posibilidad de contar algo diferente cada día me lleva a caer rendida al pie de ellos y agradecer callada el destino de mis pasos.



No hay como olvidar que en ese punto de la geografía está el Monte Ararat, donde se dice encalló el arca de Noé después del Diluvio y donde se pudo avistar el arco en el cielo, como señal del pacto que hizo Dios con la humanidad.


La ciudad hebrea de Harán, aparecida en el Libro del Génesis, como el hogar donde se estableció Taré y su hijo Abraham y donde este vivió antes de continuar su viaje a la tierra de Canaán, también está en las inmediaciones de este país.


Es de la franja -conocida como la Alta Mesopotamia- donde nacen el Tigris y el Éufrates, el gran río que menciona la Biblia y entre cuyas vertientes se localiza el Jardín del Edén o el paraíso terrenal al que se refiere el Libro del Génesis.


Si bien ambos afluentes discurren en paralelo por miles de kilómetros atravesando naciones como Siria e Iraq, dando lugar a la mítica “tierra entre ríos” de la historia, su formación ocurre en las altas montañas de Turquía.


La fértil región de esa llanura aluvial históricamente conocida como la cuna de la civilización y que ha sido fundamental para el desarrollo de la escritura, el derecho y las primeras ciudades-estado hace milenios, tiene su origen en el espacio turco.



Ambos afluentes llevan la huella de más de 30 civilizaciones con su historia de siete mil años y son dos de los tres ríos sagrados del mundo, por los cuales se fundaron y derribaron civilizaciones y estallaron muchas guerras.


Allí se ubican ciudades legendarias como Ur, donde es originario el profeta y donde Dios puso a prueba a Job.


Su historia es muy antigua. Gracias a los sumerios, que tanto inspiraron con sus invenciones y descubrimientos, sabemos de ellos y también de las tablillas de arcilla, cuyo barro salía del lecho de estas aguas.


La humanidad ha querido por siglos asentarse en ese territorio fecundo y habitar la ribera de ellos, en tanto se localizan en el punto de interjección de la Ruta de la Seda en el pasado y del petróleo y gas natural en la actualidad.


Bordeando sus aguas está la sabiduría de los persas y el antiguo conocimiento de los sufíes. También la sede de los primeros concilios ecuménicos, la gruta de San Pedro, y la huella del gran ministerio de San Pablo.


Es de esperar que un país así, con una historia tan concentrada, tenga que ver con todos los relatos.


En él caminas al propio tiempo por los imperios bizantino, romano, otomano, persa, por mezquitas y por los orígenes de la cristiandad.


Por él pasaron todos los arquetipos de la historia, los cruzados y hasta los grandes misioneros. Todo eso lo llevas en mente cuando pisas ese suelo que me permitió, a punta de sueños y remembranzas, llegar a materializar mis primeras visiones del mundo.

 

 

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Sobre este blog

Mis pasos han tenido la suerte de andar muchos caminos. Algunos con curvas que me hicieron caer; otros filosos en los que superé pruebas dolorosas y muchos gratificantes, que me llevaron a cumplir el sueño de explorar el mundo. Leer más.

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