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Ir a Troya es volver sobre los grandes derroteros de la historia.

  • Foto del escritor: Sissi Arencibia
    Sissi Arencibia
  • hace 4 horas
  • 4 Min. de lectura


Según los antiguos, Troya fue una ciudad orgullosa, de murallas tan altas que parecían desafiar a los dioses.


Hoy podemos imaginarla en el tiempo, confiada en sus muros y en la protección de lo alto, resistiendo durante 10 largos años la embestida de los ejércitos aqueos frente a sus puertas.


Empujados por la ira y el honor de una mujer cuya belleza encendió la guerra, los reyes micénicos comandados por Agamenón cruzaron el mar oscuro y ataron su regreso a la victoria. Ésta solo podría ser posible con la caída de la ciudad.


A lo largo de la historia mujeres como Helena de Esparta movieron hilos tan invisibles como eficaces. En casi todos los tiempos, fueron artífices de muchas cosas que ocurrieron, incluso las guerras.


Cuentan que cuando la esposa de Menelao fue recibida en la ciudad de la mano de Paris, una adivina vaticinó que les provocaría la ruina, pero nadie le creyó.


Desde entonces, cada amanecer traía combates feroces y cada anochecer sumaba nuevos muertos, mientras héroes como Aquiles, Héctor y Ulises grababan sus nombres en la memoria del tiempo.


Una década rugió la guerra ante las puertas de Ilión, como se conocía la ciudad en tiempos antiguos. Allí chocaron lanzas y escudos bajo un sol manchado de sangre y su ruina fue cantada por oráculos.



La leyenda de Troya fue contada por poetas y recordada por siglos como advertencia del poder del ingenio y la fragilidad del destino humano.


Aquel emplazamiento de torres doradas y murallas invencibles flaqueó ante un caballo de madera, colosal, silencioso. Las puertas se abrieron ante una ofrenda falsa que traía un ejército oculto.


Sin escuchar las voces de advertencia, los troyanos consintieron en dejar pasar aquella figura hueca, gigante y muda, de cuyo vientre salieron guerreros, incorporando gritos, cenizas y ruina en las calles donde antes reinaba la gloria.


Troya ardió bajo el cielo oscuro y las llamas devoraron palacios y templos. El crepitar de aquel fuego dio gloria a los épicos cantos de Homero, que describían el olor a bronce y humo en la ciudad sagrada de altas puertas y torres orgullosas.


Hasta el Escamandro, el río de profundos torbellinos y remolinos, estaba enfurecido contra Aquiles por haber llenado su caudal de cadáveres y de sangre para vengar la muerte de Patroclo.


La Ilíada reseña que junto a ese cauce histórico y mitológico que discurre por la llanura de Troya y desemboca cerca del Helesponto se quebraron lanzas, gimieron escudos y la tierra bebió héroes por igual.


Junto a su vertiente luchó Aquiles y resistió Héctor, hasta que el destino -más fuerte que los hombres- los tendió sobre el polvo.



El largo asedio griego en Troya duró hasta que Ulises ideó el caballo como un engaño para entrar a la ciudad, la cual no fue vencida en combate, sino derrotada por la astucia, la confianza y el destino.


Desde entonces su nombre vive en los cantos. Los textos recuerdan que así cayó Ilión: “sorda a las voces prudentes, ciega por el anhelo de descanso. Arrastró su ruina al corazón mismo de la ciudad y cuando cayó la noche, cayó con ella el silencio”.


Del vientre de la madera nació la muerte. Se abrieron las puertas y entró el fuego. La ciudad cayó no por falta de valor, sino porque ningún muro vence al destino, cuando los dioses retiran su mirada.


Su nombre pasó a la historia como también su mítica guerra para que los hombres recuerden que la astucia suele ser más fuerte que la espada.


Llegar a los restos de la Troya legendaria, o de la famosa Ilión y poder revivir su historia significó mucho para mí, porque ese enclave del estrecho de los Dardanelos fue uno de los sitios más aclamados de todos los tiempos.



Hubo mucho en juego en aquel escenario, donde se batieron los grandes de la historia antigua. Allí llegó Alejandro Magno en el 334 a.c. para rendir honores a Aquiles, antes de la batalla de Gránico.


Dicen que subió a Ilión e hizo un sacrificio a Atenea, antes de postrarse en la tumba del guerrero griego, a quien calificó de “bienaventurado por tener en vida un amigo leal y tras su muerte un gran heraldo de su gloria”.


El conquistador se consideraba descendiente de Aquiles y se empeñó en demostrar que llevaba su sangre en las venas. Del templo de Troya tomó la armadura del guerrero, un arquetipo que marcaría su vida y sus pasos.


Dentro de todo este espectro mítico, Aquiles se convertiría en su héroe y la Ilíada sería su guía. Había crecido con sus pergaminos bajo el brazo ante la sabia conducción de Aristóteles y todo eso lo haría guiar eficazmente a sus falanges en Asia Menor.


En la víspera de su gran campaña contra Persia, buscó inspiración en los grandes guerreros de la mitología. Su primer acto no fue de guerra, sino de peregrinaje y por eso fue a la célebre Troya.


El sentía que visitar el altar de Aquiles cambiaría el curso de la batalla, porque la descripción de Homero sobre él fue una gran inspiración.


Allí al pie de las embravecidas olas del Egeo, que para él traían los ecos de las palabras de las sibilas, reafirmó el propósito de su lucha. Tanto como el héroe aqueo, prefería una existencia corta y gloriosa a una vida larga en la oscuridad.


Llegar a Troya me devolvió al instante todos los pasajes leídos. En medio de sus ruinas agradecí callada la suerte de mis pasos, porque esos me han dado en vida la posibilidad de volver sobre los grandes derroteros de la historia para también yo poder contar un pedazo de ella.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Sobre este blog

Mis pasos han tenido la suerte de andar muchos caminos. Algunos con curvas que me hicieron caer; otros filosos en los que superé pruebas dolorosas y muchos gratificantes, que me llevaron a cumplir el sueño de explorar el mundo. Leer más.

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