Pamukkale es de las vistas más sorprendentes de Turquía.
- Sissi Arencibia

- hace 14 horas
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Desde hace aproximadamente 14 mil años el agua fluye en Pamukkale, formando una especie de castillo de algodón, único en el mundo. Los minerales disueltos en ella crearon unas formaciones que parecen cascadas congeladas en el tiempo.
Vistas como la de esa región del oeste de Turquía uno solo se la encuentra en los caminos y eso es lo interesante de viajar: llegar a sitios que no tienes idea de que existen, donde hay miradas y sorpresas que no te esperas.

La montaña blanca que se observa allí y la cual provoca un efecto visual que semeja al algodón da nombre en turco a esta maravilla natural, declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.
Formada a lo largo de los tiempos por las altas concentraciones de hidrato de calcio, el travertino -como también se le llama- crece de forma constante y termina solidificándose al entrar en contacto con el agua a una temperatura de 35 grados Celsius.

Se trata de formaciones geológicas en forma de cascadas sobre el talud de la montaña y son lo más llamativo del lugar, además de sus célebres aguas termales ricas en minerales que fluyen por sus laderas y se evaporan bajo la luz del sol.
Un total de 17 fuentes termales brotan de ellas haciendo que las aguas caigan en cascada a más de 100 metros de altura sobre empinadas terrazas de roca travertina blanca.

Todo un proceso mineral ha tenido lugar en Pamukkale a lo largo de los tiempos para que el carbonato de calcio y diferentes minerales mezclados con el agua de las vertientes calientes genere lo que observamos.
A modo de misteriosas salpicaduras, las termas han formado una especie de pozas en toda la superficie, las cuales rebosan de aguas con poderes curativos que descienden gradualmente hacia el valle y son aprovechadas desde tiempos antiguos.

Gracias a esa formación natural y a los beneficios de las aguas de esas piscinas, los romanos construyeron alrededor del año 190 a.c una ciudad termal, a la que nombraron Hierápolis, cuyas ruinas quedan en el complejo, al igual que su teatro.

Caminar descalza sobre las terrazas de Pamukkale mientras el agua caliente fluye entre los dedos fue de las experiencias más interesantes de mi viaje a Turquía, un periplo largamente soñado y del cual viré fascinada.

Además de bello, embrujador y fantástico, es de los destinos con una de las geografías más diversas y mucha historia concentrada. De una u otra manera, ha tenido que ver con todos los relatos del mundo y con el sueño de muchos viajeros.
En Pamukale la experiencia supera la imaginación, porque hasta donde la vista alcanza solo ves una profusión de pozas repletas de cálidos manantiales volcánicos, que alteran el paisaje de forma desafiante.
A la zona hay que ingresar descalzo y al atardecer el lugar se transforma por el reflejo que produce en las aguas el color del cielo rojizo, haciendo que Pamukkale se ilumine como un fenómeno de los más expectantes que la naturaleza puede ofrecer.

Cubierto de un material que parece nieve a la vista, el sitio queda a unos 160 metros de altura y posee la sensación cálida que brinda un balneario de aguas termales. Un escenario perfecto para la fotografía.
Se dice que Cleopatra acostumbraba a bañarse en Pamukkale, pues desde tiempo inmemorables las propiedades de las aguas se usan para aliviar diversas afecciones del cuerpo, tratamientos de la piel y el sistema nervioso.

Vale la pena acercarse para ver lo que la naturaleza esculpió durante millones de años en ese antiguo emplazamiento de Turquía. Un lugar único que hace la diferencia por su estructura geológica, geográfica y paisajística.

Cuando la vida te lleva a este tipo de escenarios te das cuenta que la experiencia de viajar es irremplazable.
El espacio turco es muy abarcador, porque en él te encuentras terrazas termales, globos coloridos planeando sobre un valle remoto y, al propio tiempo, huellas de historia escondidas entre polvo y silencio.




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