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Los rollos de Pérgamo y el saber de los tiempos.

  • Foto del escritor: Sissi Arencibia
    Sissi Arencibia
  • hace 2 días
  • 4 Min. de lectura

Los libros provocan el mismo encanto que tiene viajar y escribir para mí. Crecí rodeada de ellos y no concibo mi mundo sin su particular presencia.

 

Ellos son la memoria escrita, la posibilidad de reconocer el saber del mundo, de fundamentar las civilizaciones en el tiempo y el resultado de milenios de ingenio humano. Desde la arcilla hasta la tinta y el píxel, han sido el puente entre generaciones.

 

Su historia va de la memoria colectiva a las tablas, del rollo al códice, de la imprenta a la pantalla digital, pero todas y cada una de sus etapas conservaron el propósito ancestral de preservar y transmitir la palabra.

 

Por eso cuando llegué a Pérgamo sentí que debía hablar de eso, que sería memorable dedicar un espacio a resaltar su valor, porque en esa antigua ciudad del Egeo están las raíces que sostienen su surgimiento.

 

Allí tuvo lugar el nacimiento de una de las formas de transmitir el saber, conocida como pergamino, una técnica que se convirtió en soporte principal para manuscritos y códices antes de la expansión del papel.

 

En un intento desesperado por dejar constancia escrita para la posteridad, se asentó la palabra sobre un material duradero hecho de pieles de animales limpias, depiladas y estiradas, que ofreció una resistencia mayor al papiro.

 

Cuentan que hubo un momento en que los gobernantes ptolomeos (de Egipto) prohibieron que los papiros salieran de sus tierras y, ante ese hecho, el rey de Pérgamo tomó los cueros de un cordero, los estiró, secó, creó láminas y luego escribió sobre ellas.


 

La flexibilidad que logró hizo del pergamino la forma de conservar el conocimiento en las grandes bibliotecas de Éfeso y Pérgamo, las cuales le sucedían en importancia a la erigida en la ciudad egipcia de Alejandría.

 

Cuando uno viaja, puede mirar desde muchos ángulos y eso hace que entiendas las razones históricas de los pueblos, que reconozcas lo perdurable en ellos y aquello que los hace grandes ante nuestros ojos.

 

Justo eso hace del viaje algo irremplazable. Algo que te lleva a percibir lo que no está escrito y que solo descubres cuando estás en el camino.

 

De manera que llegar a ese lugar de Turquía me devolvió al instante la magia de estar pisando terrenos sagrados, porque en esos límites geográficos y cercano a esos ejes del mapa nació el mundo, por así decirlo, y uno siente eso cuando llega.

 

Por eso me fascinan las tierras misteriosas de Oriente. Ellas poseen un embrujo de arte y saber, de bibliotecas inmensas y de sabiduría ancestral.


De allí viene la historia del libro, cuyo origen está en las tablillas, los papiros, los pergaminos y los códices de pasta dura.


 

Fue al oeste del Éufrates -el río sagrado que nace en Turquía- donde aconteció la épica de Sumeria, de Asiria, de Mesopotamia, con aquellas tablillas que resumían el saber de los tiempos y los avanzados conocimientos matemáticos y astronómicos que quedaron asentados en su escritura.

 

De aquellas planicies aluviales salió la más antigua civilización conocida por la humanidad con un sistema de escritura adelantado a los jeroglíficos egipcios.

 

Los signos grabados con una especie de cuña afilada sobre la arcilla, fue de las primeras huellas, seguida por el ingenio egipcio de transformar la planta de papiro en rollos ligeros y transportables.

 

Aquellas largas espigas que crecían en las fecundas aguas del Nilo y se orientaban al sol, fueron por mucho tiempo la materia prima que propagó el saber, haciendo que durante siglos el libro tomara la forma de un rollo.

 

Su historia evolucionó posteriormente, pasando de los envoltorios quebradizos a los pergaminos y de ahí a las pastas y a los códices para hacerlos más manejables.

 

Las hojas dobladas y cosidas por un lado eran más fáciles para transportar y consultar y es entonces que el libro comienza a parecerse en la forma a lo que hoy conocemos.

 

En la Edad Media los copistas transcribieron el saber del mundo y las bibliotecas se convirtieron en espacios para ordenar todo esto. Los monjes copiaban pacientemente cada página a mano, decorando letras iniciales con oro y colores brillantes.

 

Se copiaban todos los libros que llegaban en barcos a los puertos famosos y luego se devolvían.

 

De esta manera se iba clasificando el saber, acomodando en los anaqueles y fomentando la lectura, un hábito que te da privacidad con el texto y capacidad de formarte un criterio propio acerca de la vida.

 

El libro recorre esa historia, fundamentada en gran cantidad de viajes, influencias y realidades disímiles.

 

La historia del mundo está escrita gracias a él. Sus redes y alcances son tan fuertes que en su momento fueron prohibidos, secretos y resultaron conspirativos, pero siempre esclarecedores y valiosos.

 

El saber tuvo muchas escalas: desde vivir en la memoria colectiva en el inicio de los tiempos, hasta la revolución de la imprenta en el siglo XV; desde las bibliotecas antiguas, hasta quedar encerrado en las abadías, cuando la caída del imperio romano.

 

Y en ese contexto, siempre habrá que mencionar a Pérgamo, porque también en ella viajaron los mitos, los cantos, los relatos y su amplio legado, asentado en los pergaminos, sirvió para cuestionar los órdenes históricos y transformar realidades.


 

Gracias a esos caminos increíbles que recorrió el libro, es que personas como yo lo tienen como un gran aliado, porque con ellos podemos anticipar el futuro y hasta imaginarnos realidades que pudieran resultar asombrosas.

 

Hoy vivimos el mundo que Julio Verne soñó, cuando imaginarse la llegada del hombre a la Luna parecía la más disparatada de las aventuras.


Sin embargo, él permitió ese tipo de sueños que solo el libro podía estimular.

 

 

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Sobre este blog

Mis pasos han tenido la suerte de andar muchos caminos. Algunos con curvas que me hicieron caer; otros filosos en los que superé pruebas dolorosas y muchos gratificantes, que me llevaron a cumplir el sueño de explorar el mundo. Leer más.

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