Una danza sufí en el corazón de Anatolia.
- Sissi Arencibia

- hace 3 horas
- 4 Min. de lectura

Los turcos tienen un sentido de civilización que los habita. Ellos pertenecen a esos pueblos antiguos con un bagaje en el alma, que viene de contar con muchos siglos de historia. En su mundo hay de todo y la influencia persa es de sus rasgos más notables.
Cuando te ha tocado caminar por naciones que están entre los dos ejes de la tierra, sientes que ellas poseen un encanto especial. Igual que cuando vas a Egipto o al Líbano, cuando te mueves por Turquía sientes la fuerza de las etapas históricas.

Sus capitales han sido muchas veces corazón de grandes imperios y la huella de muchas culturas dormita entre sus bazares, mezquitas y hasta en la danza o las notas que salen de esa flauta de caña llamada ney, fundamental en los rituales sufíes.
De sonido suave y melancólico, típico de la región de Anatolia, el instrumento turco ofrece esa nota espiritual y particular que nace de los juncos del lago en una melodía donde -para ellos- están contenidos los secretos del universo.

La flauta ney se sopla por el extremo y juega un rol principal en la música de los ritos sufíes de Mevleví, una orden fundada en el siglo XIII en la ciudad turca de Konya.
Se trata de una hermandad mística famosa por sus derviches giradores, quienes realizan una danza meditativa como simbolismo del ascenso espiritual hacia Dios y la unión con el universo.

Reconocida dentro del bien patrimonial de la UNESCO, la danza se basa en las enseñanzas del poeta Rumi -figura central de la orden- y en la manera en que los sufíes practicaban la espiritualidad.
Su tradición se enfoca en el amor, la tolerancia y el misticismo, centrando la fe en el afecto hacia Dios y la superación del ego.

Los derviches giran sobre sí mismos con los brazos extendidos, el derecho hacia arriba para recibir la gracia divina y el izquierdo hacia abajo para transmitirla, con un atuendo simbólico y una música de fondo en la que destaca el uso de la flauta de caña ney.
Al recibir con una mano la fuerza del universo y con la otra brindarla a la tierra, los monjes hacen del giro una oración, de ella un trance y de ese trance un éxtasis, para que este permita el encuentro con lo espiritual.

Giran con un pie puesto sobre el otro, la vista sobre un punto fijo, con un marcado equilibrio. Sus giros no son aleatorios; sino más bien son parte de una danza cuidadosamente equilibrada que distribuye el movimiento uniformemente.
De lo que se trata es que ese giro te lleve más allá del acto de girar para que puedas trascender el movimiento y convertirte en una figura que conecta la fuerza de la divinidad con la fuerza de la tierra.

Tanto la capa que acompaña su vestimenta inicial como el sombrero cónico alto de fieltro y los trajes blancos de algodón en los que se quedan al danzar significan la eliminación del peso de lo mundano, la lápida del ego y la mortaja de este, respectivamente.

Para los representantes de esa orden ascética sufí, la danza es algo así como el alma humana anhelando lo divino, con el pensamiento en estado de oración y trance.
Hoy por hoy se le considera un ritual espiritual auténtico y una de las mayores atracciones culturales de este país.
Su impronta está en Konya y también en Stambul para recordar al mundo una vieja práctica anterior al Islam, que logró vivir toda su espiritualidad y grandeza en Turquía a manos de un hombre de origen afgano.

Rumí propagó los fundamentos de esa antiquísima secta que viene de los persas, originarios de la meseta de Irán y famosos por organizar uno de los imperios más vastos de la Antigüedad.
La danza de los derviches es una especie de oración en movimiento que solo puedes admirar en este país, donde fue fundada la orden de los danzantes, movidos en la dirección de los planetas y alrededor del sol, como una mirada heliocéntrica del cosmos.

Mucho antes de Galileo y Copérnico, los sufíes sabían desde su conocimiento ancestral que existían las órbitas y que estas giraban en sentido contrario a las manecillas del reloj.
Para ellos la manera de practicar la espiritualidad es a través del éxtasis y esa experiencia solo puede lograrse con la danza y la música.

Según sus creencias, el universo está basado en el amor y este es un fluido que puede estar en muchos lugares y se manifiesta a través de la poesía. Es el que brinda conocimiento para poder entender la naturaleza.
Además de producir una alquimia que transforma, se hace uno con el universo, la música y los planetas. Es una especie de puente de compasión entre la razón, la fe y la doctrina.
De los momentos en Turquía ese es uno de los más memorables, porque cuando uno tiene oportunidad de observar su danza entiendes una filosofía sagrada, basada en el concepto del amor como la luz de la razón.

En el espectro sufí, una persona demasiado racional puede ser dura, si el amor no ilumina su razón y una creyente puede mostrar fanatismo si el amor no ilumina su fe.
Expresado a través de la flauta Ney y las poderosas leyendas que la circundan, el epicentro de esta historia está en Konya.
Allí está el mausoleo de Rumí y el hogar espiritual de la orden de los derviches y giróvagos.
Una experiencia tradicional fascinante y culturalmente educativa y maravillosa.



Comentarios