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Las voces de Homero salvaron a Troya de la niebla del tiempo.

  • Foto del escritor: Sissi Arencibia
    Sissi Arencibia
  • hace 1 día
  • 4 Min. de lectura

Hay grandes historias escritas en los destinos de los pueblos que salieron de antiguos oráculos y quedaron ligadas a la cosmogonía de forma sagrada. Una de esas fue la de Troya, cuya destrucción fue cantada desde la propia existencia de Príamo.


Narrada desde la época arcaica, la epopeya troyana constituye uno de los ejes centrales de la épica grecolatina, demostrando que desde tiempos antiguos la palabra genera una relación sagrada con el cosmos.


Además de que une lo primigenio con lo presente, su valor es que quien tiene el poder de ejercerla posee la capacidad de nombrar, dar identidad y transmitir mensajes sagrados.


Troya se sustenta en eso. En el poder legendario de una historia contada desde el inicio de los tiempos hasta nuestros días. En el destino de una ciudad erigida en una colina situada en lo que es hoy Turquía.


Llegar ahí, ver la réplica del caballo, acercarme a las ruinas de cuando los griegos colonizaron la costa oeste de Asia Menor, me hizo sentir exultante, porque desde ese lugar del estrecho de los Dardanelos se controlaban los canales marítimos en la antigüedad.



Por él pasaba todo, desde las especies, las mercaderías, hasta el estaño para lograr la aleación del bronce. Justo por ese punto, con esa vista maravillosa al mar, se potenciaba el tráfico y el comercio de Oriente y Occidente.


La historia de Troya data del 2,700 a.c y se volvió trascendente a través de la palabra de Homero, quien la narró y mitificó al punto de inmortalizarla y convertirla en un relato de una realidad perdurable.


De acuerdo con el poeta griego, la ciudad de Príamo fue parte de las incursiones de los rudos guerreros micénicos en las tierras que rodean a la Grecia continental, donde estaba su dominación.


Por sus textos se sabe que eran un pueblo rudo cuyos soldados usaban espadas largas y se protegían con escudos y armaduras de bronce.


La fascinación que despertaron aquellos relatos se convirtió en catalizador de sueños y en el impulsor de descubrimientos extraordinarios, como el que tuvo lugar en estas tierras en el siglo XIX.


Cuentan que en medio de un paisaje antiguo y polvoriento, el corazón de un arqueólogo se aceleraba mientras excavaban a través de capas de tierra, hasta dar con los hallazgos históricos que apoyaban la existencia de Troya.


Tomando como base las descripciones del narrador de la Ilíada, el alemán Heinrich Schliemaan descubrió sus ruinas y un tesoro lleno de artefactos de oro, correspondiente a una civilización anterior.



Su pasión y el contenido de los textos griegos lo llevaron a desenterrar Troya, a dejar manifiesta su existencia como un sitio histórico real, con el valor mítico que lo envuelve.


Lo contado por Homero, repetido a lo largo de la historia, de unas épocas a otras, terminó por dar vida nuevamente a este lugar que en el mapa moderno cayó en el espacio turco, en medio de una franja de pueblitos que bordean el mar Egeo.


Sus míticos héroes se convirtieron en arquetipos, en referentes para todos nosotros. Sus grandes hazañas fueron contadas por voces antiguas, pero que se renuevan a través de uno mismo.


Frente a sus ruinas traje al recuento la historia de la legendaria ciudad y la supuesta “maldición sufrida por incumplir la palabra de devolver a Hércules los caballos inmortales, luego que este matara a un monstruo marino para el rey”.


Mucho antes de la existencia de Príamo –el gobernante troyano de la Ilíada y el único sobreviviente de aquella primera contienda-, los héroes mitológicos griegos convocados por Jasón se lanzaron al mar para hacerse con el vellocino de oro.


Hércules, Orfeo, Teseo, Castor, Pólux, Telamón, Peleo entre otros conformaron la expedición de los argonautas que enfrentó todo tipo de desafíos en el mar.


Cuenta la mitología que, en sus incursiones por estos parajes, Hércules terminó destruyendo a la familia real, tras matar a un monstruo marino para el rey y que este le negara el pago por sus servicios.


Solo Príamo, el hijo menor, sobrevivió a ese episodio. Subió al trono sin que le correspondiera y viviría para ver su ciudad reducida a cenizas, mucho después de la muerte de Hércules, según profetizó el oráculo.


De acuerdo con los vaticinios, su hijo Paris llevaría a la ciudad a la destrucción. Y nuevamente las voces de Homero trajeron una segunda incursión, esta vez de castigo por parte de los aqueos -al mando de Agamenón- a las puertas de Troya.


El rapto de Helena y la furia de Menelao fue el pretexto para un conflicto bélico que duró 10 años y terminó con la introducción de un caballo de madera hueco ocupado por soldados griegos en la ciudad.


Troya fue saqueada sin piedad y sus hombres masacrados. Luego, ardió en llamas.


El valor que tienen las leyendas es justamente ese: que nos sitúan en el origen de los pueblos, que nos dan información sobre lo que ocurrió. Por muchos años Troya fue parte de ese valor mítico que la fuerza de las palabras le dio.


El hecho de que hoy día expediciones científicas busquen la Atlántida, tomando como referente las palabras escritas por Platón, es bastante parecido a lo que pasó con este destino, muy ligado al mundo helénico.


A todo lo largo de la península de Anatolia, uno se encuentra con una franja histórica donde están presentes los mitos griegos, como el de Troya, uno de los más famosos y perdurables de la Antigüedad clásica.



Reforzada por la hazaña de Schliemann, quien la rescató de la niebla del tiempo, y apuntalada por la palabra de Homero, Troya es de esos lugares donde las civilizaciones se encuentran como en una especie de balcón de los tiempos.



Uno trasiega de un siglo a otro en una cuadra, en un paso de calle y, en medio de todo, topa con la filosofía, las bibliotecas, los textos sagrados del mundo griego y hasta con las voces de Homero y Antígona.

 

 

 

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Sobre este blog

Mis pasos han tenido la suerte de andar muchos caminos. Algunos con curvas que me hicieron caer; otros filosos en los que superé pruebas dolorosas y muchos gratificantes, que me llevaron a cumplir el sueño de explorar el mundo. Leer más.

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