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Mi Buenos Aires querido, ciudad porteña de mi único querer.

Foto del escritor: Sissi Arencibia
Sissi Arencibia
hace 12 horas
4 min de lectura

Alguien dijo cierta vez que los argentinos descienden de los barcos, para resumir uno de los mitos fundacionales más arraigados y justificar esa identidad de fuerte influencia europea que marca la esencia de Buenos Aires.


Esa lectura totalmente europea que quedó en la definición de su imaginario parte de la inmigración masiva que se dio allí en el siglo XIX, la cual terminó transformando el país y haciendo a un lado el proyecto indígena de esa nación.


La frase enaltece una identidad construida y explica de donde vienen sus aires, su espíritu de grandeza y la esencia que los hace únicos en el continente. Pero, simplifica y discrimina la herencia diversa que viene de la tierra del Fuego.


Estamos ante una de las regiones más antiguas de la tierra y, sin embargo, el legado de los pueblos patagónicos, las comunidades originarias, la visión de los mapuches, las influencias guaraníes, no estuvieron contenidos dentro del proyecto de nación.


Por eso al contar la historia de Buenos Aires, de esa ciudad fastuosa y encantadora, de esplendores infinitos, hay que empezar por el origen de esa frase, contenido en la política de brazos abiertos que estimuló el país en aquellos años.


Más allá de las justificadas controversias que suscitó, hay que decir que la identidad porteña se formó a partir de las migraciones que llegaron al Río de la Plata a fines del siglo XIX huyendo de guerras, hambrunas y conflictos desatados en Europa.


Más de cuatro millones de extranjeros cambiaron drásticamente la composición demográfica de Argentina y fueron trigo del proyecto de construcción nacional, erigido sobre el exterminio y la exclusión de gran parte de la población nativa.


La promoción de ese flujo como herramienta de poblamiento proyectó un modelo de población deseada (descendencia europea, moderna y culta) e hizo de la capital un rincón de oportunidades, con fuerte influencia cultural en el continente.


El nacimiento de Buenos Aires se da en una época en que la migración se consideró de gran aporte para un pueblo y un derecho del ser humano de caminar la tierra que habita. Se da luego que 40 millones de europeos recalaran en las costas de América.


Acoger a gente de todas procedencias, religiones y cultos hizo de la ciudad un lugar cosmopolita, impresionante e inagotable. Le dio una experiencia urbana de proporciones enormes, una identidad fuerte y una economía pujante.


La fuerza gravitacional que tiene en el continente parte de ahí. De ser híbrido de muchas historias y culturas, de recibir la fuerza de las más variadas influencias y de que sus más grandes escritores pudiesen estar de un lado y de otro del mar.


Porque esa migración colosal trajo en sus valijas instrumentos para producir música, ideas renovadas, maquetas, proyectos, influencias y oficios que se fueron integrando poco a poco al proyecto de nación.


Y eso hizo que el relato colectivo se creara a partir de esa época, que la música transmitiera la vida y las nostalgias de esa gente y que el nivel de importancia de la capital se elevara al rango de país en los albores del siglo XX.


Hubo, por así decirlo, una redefinición a partir de ese hecho, el cual hizo que la historia anterior quedara sepultada ante los proyectos agrícolas y ganaderos que se desarrollaron en el vasto territorio.


Los referentes culturales que conocemos de Argentina se forjaron en ese tiempo. Las definiciones parten de ahí y eso es medular para entender la esencia y el peso que tuvo su capital en relación con las demás provincias.


El hecho de que pasara de 400 mil a cuatro millones de habitantes y de que el mundo entero esté contenido en ella, por así decirlo, la hizo encantadora y con una cultura de notoria influencia. Le dio un toque europeo muy pronunciado y el espectro de la grandeza.


De las ciudades latinoamericanas, ella fue receptora de una migración increíble, compuesta de irlandeses, franceses, rusos, italianos, judíos, alemanes, sirios y otras tantas nacionalidades.


Abrir las puertas al mundo marcó a Buenos Aires con una profunda nostalgia, pero también la llenó de esplendores y conexiones impresionantes.



Todos los que recalaron en los arrabales sudamericanos trajeron sus pesares en el alma y con ellos los bandoneones, las mandolinas y la forma de darle sentido a esas nostalgias.


La apertura de horizontes mentales y culturales permitió hacer el trazado de una ciudad de escala europea, con una arquitectura más refinada, a pesar de que haya sido un virreinato de España en los tiempos de la conquista.


Por eso, cuando llegas a ella, sientes el movimiento de grandes urbes. La percibes como una ciudad que no duerme, con librerías abiertas a toda hora, con teatros de referencia, y grande por el cine, la música, la gastronomía y las letras.


Con sus vinos, sus asados y su tango, Buenos Aires tiene el orgullo de haber sido cantada por muchos, y eso dio a su gente aquello de sentirse relevantes por haber nacido allí.


Entre historias, palabras y versos hay una cierta poética que arrastran los acordes de sus bandoneones, una queja que -según Gardel-, tiene su Buenos Aires querido, la ciudad porteña de su único querer.


Y esas notas que vienen del mar distinguieron de la misma manera que ese humor especial salido de una tira cómica que trascendió todas las fronteras para mostrarnos a todos los de esta parte del mundo a través de ellos.




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Sobre este blog

Mis pasos han tenido la suerte de andar muchos caminos. Algunos con curvas que me hicieron caer; otros filosos en los que superé pruebas dolorosas y muchos gratificantes, que me llevaron a cumplir el sueño de explorar el mundo. Leer más.

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