En Argentina la pasión encuentra siempre una voz.


Volver sobre mis pasos refina la mirada para captar los detalles que pasas por alto en el primer acercamiento que haces sobre un destino. La segunda entrega tiene el valor de haber hurgado en las memorias compartidas para captar eso que faltó por revelar.
La búsqueda te permite encontrar ese rasgo, esa esencia que define a los pueblos y que en el caso de Argentina está en la convicción de su gente de que la vida merece ser vivida con intensidad.
Allí la pasión encuentra siempre una voz. Es una tierra donde las emociones nunca se esconden; más bien se cantan, se discuten, se abrazan y se convierten en memoria.

Esa manera intensa de sentir la vida es lo primero que sorprende cuando llegas al cono sur. Más allá de la inmensidad de la Patagonia, de la altura de los Andes, de las pampas interminables, lo que impresiona es el carácter de su gente.
El nativo de esta parte del mundo parece haber heredado la pasión de quienes cruzaron el océano buscando un futuro y la fortaleza de los antiguos habitantes. Porque, de esa mezcla, nació un pueblo que vive con el corazón en la palabra.

Los argentinos hacen de cada conversación un pequeño ejercicio de identidad. Ellos hablan con igual intensidad que si contemplaran un glaciar, escucharan un tango, alentaran un equipo de fútbol o compartieran un mate.
Su verdadero espíritu y riqueza se revela en el encuentro y en las discusiones apasionadas sobre política, literatura o fútbol. En torno a un asado y una copa del buen vino de Mendoza, ellos se juntan para filosofar hasta el cansancio.

Ese es el rostro de una nación de inmigrantes, de escritores como Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, de músicos como Atahualpa Yupanqui y Mercedes Sosa, de científicos, futbolistas y de hombres y mujeres que aprendieron a levantarse después de cada crisis.
Basta caminar por Buenos Aires para sentir que conserva el aire de las viejas capitales europeas.

Sin dejar de ser profundamente americana, sus cafés guardan conversaciones interminables y el acorde de sus bandoneones cuentan la historia de quienes llegaron desde tierras lejanas buscando un nuevo destino.
Pocas ciudades del mundo poseen una relación tan íntima con la literatura como la capital argentina, donde Borges imaginó infinitos y Cortázar enseñó que la realidad puede doblarse como una esquina cualquiera.

Esa inagotable vocación por la cultura la distingue en el continente. Allí los libros ocupan escaparates y mesas de café; la poesía se mezcla con el fútbol, el teatro convive con la música popular y el tango intenta comprender la existencia.
Argentina es mucho más que un territorio dibujado sobre el mapa de América del Sur. Ella es el sonido lejano de un bandoneón, el aroma de un mate compartido, la sutileza de una tira cómica de Quino, el recuerdo del viento patagónico.

Y por eso regresas a ella, porque lo que viste allí permanece en la memoria como las grandes historias: aquellas que, una vez escuchadas, nos invitan a volver una y otra vez.
En sus paisajes la naturaleza habla en todos los tonos posibles: el blanco eterno de los glaciares, el verde profundo de las selvas, el dorado infinito de las pampas y el azul del atlántico.

Viajar por ella es recorrer un continente condensado en una sola geografía.
Desde su capital, hasta las calles de San Telmo o La Boca, donde el tango sigue respirando, como si cada bandoneón contara la historia de quienes llegaron desde tierras lejanas buscando un nuevo destino.
Pero basta abandonarla, para que el país revele otro rostro.
El que conserva la memoria de pueblos ancestrales, donde el viento parece conocer historias anteriores a la conquista.
El de las pampas, inmensas y silenciosas, conocidas como el reino del gaucho, figura inseparable del imaginario argentino.

El de los Andes, donde se levanta el Aconcagua, y los viñedos de Mendoza, donde se producen algunos de los vinos más celebrados del mundo.
Y el de la Patagonia, donde el viento gobierna los días, los lagos reflejan bosques antiguos y los glaciares avanzan lentamente como gigantes de cristal.

Más al sur, donde el mapa casi se acaba, la tierra del Fuego abre sus puertas hacia el océano austral. Desde Ushuaia parten barcos que buscan la Antártida, mientras las montañas se hunden en el mar y las noches parecen abrazar el fin del mundo.
De manera que me complace volver sobre mis pasos para acercarme a una aventura que me abrió horizontes geográficos que no tenía en mi percepción del mundo, llegar a los límites donde acaba el mapa y poder reconstruir una narrativa desde esa vastedad geográfica.



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