Allí donde el viento gobierna los días, está la memoria del pueblo mapuche.


El paisaje parece cambiar de lenguaje cuando desciendes hacia el sur de Argentina. Se vuelve tan hermoso como desafiante. El viento domina las llanuras y corre libre sobre una estepa interminable, trayendo voces antiguas desde las montañas.
Una inmensidad aparentemente deshabitada caracteriza la geografía austral. Montañas nevadas, lagos cristalinos y costas azotadas por el viento, son escenarios afines a esa zona del mundo, donde está la memoria de la tierra, tejida por el pueblo mapuche.

Ellos son uno entre tantos que habitaron las laderas andinas mucho antes de que existieran los mapas. Son dueños de un saber antiguo, alimentado con relatos transmitidos alrededor del fuego en las noches frías del extremo sur.
Guardianes de una visión del mundo donde el ser humano forma parte inseparable de la naturaleza, los mapuches se abrieron paso a uno y otro lado de la cordillera de los Andes, haciendo del entorno natural un gran libro de memoria colectiva.

Se les llama el pueblo de la tierra y esa definición resume la esencia de su identidad.
Además de desarrollar una relación de respeto con la región, los cazadores de las llanuras conocían las rutas de los animales, los secretos del clima y surcaban los canales y fiordos australes con admirable destreza.
Cualquier relato de Argentina o de Sudamérica tiene que empezar por la impronta que dejaron estos pueblos desplegados en la Pampa, el Aconcagua, bordeando el Paraná, y en los vastos territorios de la Patagonia.

Tanto ellos como los guaraníes en el Paraguay han vivido con la tierra y la tierra con ellos, en un régimen de organización social basada en la familia y la comunidad, que ayudó a preservar la tradición oral.
Eso les permitió conservar conocimientos, historias y valores a través de generaciones, a pesar de las transformaciones impuestas por la colonización y el paso del tiempo.
Su herencia sigue viva y son considerados referentes culturales muy poderosos en la historia de nuestra demarcación.

Pese a que inicialmente no se les consideró dentro del proyecto de nación y su acervo se borrara de la identidad colectiva, dando paso a una invisibilidad histórica, es obligado hablar de ellos.
En algunos países, como el que nos ocupa, la historia indígena fue negada para que prevaleciera la marca fundacional de los europeos.
A los pueblos originarios les fue quitada la movilidad y la forma de conectarse entre ellos. Se les arrebató su forma de vida, su hábitat y todo aquello que los unía. No obstante, su cultura es de las más resilientes y trascendentes del continente.
A diferencia de otras naciones, los mapuches no formaron parte de una misión evangelizadora. Ellos fueron arrancados de la tierra como parte de la intervención y el fomento de proyectos agrícolas y ganaderos en la región.

Cuando alteran las tierras y desvían los ríos, alteran costumbres, ecosistemas y una forma de subsistencia.
La limpieza de indígenas en la tierra del Fuego aconteció en los siglos XIX y XX, cuando los intereses ingleses en la zona estimularon la inversión masiva en ferrocarriles, frigoríficos y bancos.
Los blancos llegaron apurados, como decían ellos. Acabaron con una profunda espiritualidad que es el legado más auténtico dentro de su cosmovisión, donde los ríos, bosques y animales poseen un valor que trasciende lo material.
Desde su óptica, la tierra es un ser vivo con el que se establece un vínculo de respeto y reciprocidad. Es un ente con el que se conversa y al que se le escucha.
Lo que los hace ser mapuches es el conocimiento del elemento del cual provienen. Hay un elemento en la naturaleza que les da origen y el conocimiento de ello es lo que da identidad y hace que su espiritualidad esté completa.

Su historia está llena de sabidurías ancestrales, de formas únicas de comprender el mundo, de describir los fenómenos naturales y de transmitir la memoria colectiva a través de la lengua mapudungun, otra de sus grandes contribuciones.
Ellos defendieron la autonomía y la dignidad cultural al resistir el sometimiento del que fueron blanco durante siglos por la apropiación de territorios, recursos y riquezas en esa geografía extraordinaria.
En la medida en que se montaban megaproyectos gigantescos en sus tierras, los iban diezmando y sacando de su propio espacio. A pesar de ser considerados una “fuerza salvaje” frente a un mundo civilizado, con ellos se fue la sabiduría.

Su memoria está en la Patagonia, entre lagos que reflejan nubes errantes, bosques con un profundo aroma a tierra y madera y volcanes que se elevan como gigantes. Cuando se hable de esos límites hay que traerlos al relato.
En tiempos donde el progreso suele medirse por la capacidad de transformar el entorno, sus antiguas voces nos recuerdan la importancia de convivir con él. De sabernos parte de un universo mucho más amplio.

Siempre habrá que mencionar su sorprendente manera de mirar el mundo y de comprender la existencia. Una huella que no se mide en monumentos, ni en conquistas, sino en valores transmitidos en las largas noches junto al fuego.
Su sentido de pertenencia a este paisaje dejó una huella en la historia de América del Sur, un territorio tejido por memorias, relatos y culturas, pero también por voces antiguas que recuerdan al hombre que la tierra no les pertenece.




Comentarios