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Un viaje de regreso a lo esencial.

Foto del escritor: Sissi Arencibia
Sissi Arencibia
hace 9 minutos
4 min de lectura

Hay libros que se leen una vez y hay otros, como El principito, que se vuelve tras ellos, cuando la vida nos pide recordar quiénes somos.


Justo cuando aprendemos a leernos de otra manera, el relato nos permite encontrarnos un poco a nosotros mismos.


Entonces, no percibimos solamente la historia de un niño que descendió de una estrella y nos lleva a otro mundo, sino que nos devuelve al nuestro con otros ojos.


Más allá del viaje por los planetas y su periplo por el universo, de adulta comprendes al zorro, la rosa, la soledad del aviador y esa extraña manera en que los seres humanos podemos alejarnos de lo esencial, sin siquiera ser conscientes.


Entiendes que la verdadera travesía del principito no es la de viajar de planeta en planeta, sino la de regresar a todo aquello que importa de la vida. A lo que alguna vez supimos sin necesidad de que nadie nos lo explicara.


Con ese relato aprendes a mirar, a querer, a cuidar, a escuchar y a no olvidar que detrás de las cosas que vemos existe siempre un mundo secreto que solamente el corazón puede reconocer.


Fue escrito por un piloto de guerra que entendió cuán vacías se muestran algunas personas cuando se transforman en adultas.


A través de sus páginas, Antoine de Saint-Exupéry necesitó recordarnos que lo esencial es invisible a los ojos. 


“Lo más valioso de la vida no se puede ver con ojos físicos, sino con el corazón. Hay valor en los sentimientos, en los afectos, en el amor y en los vínculos. En aquello que cuidamos y en las personas que, con el paso del tiempo, se vuelven irremplazables”.


Hace cerca de un siglo que el libro vio la luz y su mensaje intentó cambiar la conciencia del mundo.


Saint Exupéry era un aviador de la resistencia francesa que supo llegar con esta historia en medio de la segunda guerra mundial.


A manera de advertencia, el libro recuerda que cuando las personas se meten en asuntos de guerra y se llenan de razones y palabras grandilocuentes, se olvidan de las cosas hermosas, pequeñas y simples de la vida.


No hay mensaje más contemporáneo que este. Por eso es un texto que siempre espera que retornemos a él.


Cuando la vida nos enseña algunas de sus tristezas y nos pone frente a escenarios belicosos, donde caben algunas de las grandes contradicciones de los adultos, descubres que El Principito esconde preguntas que todavía no hemos aprendido a formular.


Uno puede encontrarlo en la adolescencia, cuando creemos que las estrellas están suficientemente cerca para conversar con ellas.


Pero, podemos volver a él años después, cuando nuestro mundo parece demasiado ocupado con apariencias, números, posesiones y poder.


Pequeño, pero lleno de verdades inmensas, es un libro que habla a esa parte nuestra resistida a mirar la vida con el asombro de un niño.


Su historia comienza en el silencio interminable de un desierto, donde un aviador, perdido entre la arena y el cielo, encuentra a un pequeño viajero venido de una estrella lejana.


No llega acompañado de riquezas, ni de certezas. Trae solamente su curiosidad, su asombro y una pregunta sencilla: ¿Alguien puede dibujarme un cordero?


Desde ese instante, el desierto deja de ser un lugar vacío. Porque basta la aparición de un ser extraordinario para que el paisaje cambie. Las dunas comienzan a guardar secretos, el cielo se llena de preguntas y las estrellas adquieren otro significado.


El autor sabía bien de lo que hablaba al imaginar el escenario del libro, gran parte del cual se basó en un accidente que tuvo en el desierto de Libia, cuando piloteaba su avión.


El contexto fue ideal para imaginar la historia de ese personaje diminuto venido de un pequeño asteroide, donde hay volcanes y una rosa. Una rosa que lo cambia todo.


Una rosa. La que él ha cuidado y protegido del viento. La rosa que ha escuchado y contemplado en sus silencios. La que tiene un lugar de privilegio, aunque existan miles de rosas semejantes en el mundo.


En la rosa está la lección de amor, ese que se mide por el tiempo entregado y las pequeñas atenciones que nadie vio. Por todo aquello que hicimos sin saber que, con esos gestos diminutos, construimos un vínculo para siempre.


En la Tierra conoce al zorro, uno de los encuentros más memorables de la obra, porque este le enseña que los vínculos se construyen lentamente y que hace falta tiempo para que alguien deje de ser un desconocido y se convierta en único.


Al partir de su pequeño mundo, el principito encuentra a hombres que gobiernan sin tener a quién gobernar, otros que necesitan ser admirados, y algunos que poseen estrellas, sin saber qué hacer con ellas.


Pero también encuentra a quienes han olvidado mirar el cielo, porque están demasiado ocupados contando sus propias riquezas.


Y entonces, uno comprende, que quizá aquellos pequeños planetas no están tan lejos del nuestro. Que las cosas importantes no siempre son las más grandes, ni las mas visibles. A veces, son diminutas.


Termina considerando que, en ocasiones, nos olvidamos de mirar el cielo; que también nosotros atravesamos desiertos. Hay momentos en que el mundo nos parece inmenso y nos sentimos solos. Caminamos entre muchas personas, pero buscamos una voz que nos reconozca.


Poseemos objetos, acumulamos recuerdos y perseguimos obligaciones, mientras alguna parte de nosotros continúa preguntándose dónde quedó aquello que alguna vez consideramos valioso.


Su magia está en enseñarnos que el mundo visible nunca es suficiente; que debajo de las cosas existe otra realidad. Una realidad hecha de afectos, recuerdos, esperas y de vínculos.


También advertirnos que cuando la vida comienza a llenarse de ruido, necesitamos regresar al silencio del desierto para escuchar aquello que habíamos dejado de oír.


Y, finalmente, que crecer no significa abandonar al niño que fuimos, sino aprender a protegerlo y conservar su capacidad de asombro y la de mirar el mundo con el corazón abierto.


Lo único verdaderamente esencial es encontrar el camino de regreso a nosotros mismos.


Por eso es una historia sencilla que habla de asuntos inmensos.


Una que nos recuerda que podemos aprender a vivir en el mundo de los adultos, sin abandonar completamente la mirada capaz de maravillarse ante una estrella, conversar con una flor o encontrar un amigo en medio del desierto.


Es un libro para quienes alguna vez fueron niños y todavía conservan dentro de si una pequeña ventana hacia aquel tiempo.

 

 

 

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Sobre este blog

Mis pasos han tenido la suerte de andar muchos caminos. Algunos con curvas que me hicieron caer; otros filosos en los que superé pruebas dolorosas y muchos gratificantes, que me llevaron a cumplir el sueño de explorar el mundo. Leer más.

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