El camino se volvió más venturoso de la mano de Montaigne.


Entre la larga lista de personajes que recuerda la historia, Michel de Montaigne trascendió por elegir una empresa silenciosa y difícil: la de conocerse a sí mismo.
Era un célebre filósofo, escritor y un referente humanístico del Renacimiento francés. Un ejemplo peculiar del pensador de mente abierta, dedicado a buscar la verdad y con una alta estima por el ser humano.
No había en él afán de fundar una escuela, ni de levantar un sistema filosófico. Quería algo más humano y era poder comprender el extraño oficio de estar vivo.
En lo personal, me identifico con sus reflexiones.

Acercarme al pensamiento de esos grandes hombres, descubrir la dimensión humana que permanece viva en ellos y relatar cómo dieron sentido a sus conceptos a través de la memoria, es parte del hilo que persiguen mis semblanzas.
Montaigne no fue de los que conquistaron reinos, fundaron imperios o cambiaron las fronteras del mundo. Tampoco de los que levantaron catedrales o modificaron la forma de entender el universo a través de los inventos.
Su celebridad viene de ayudar a moldear el pensamiento. De generar un impacto cultural, captando la esencia y modificando la forma de entender nuestra condición, a través de principios humanistas.
De los autores de su época, es quien mejor retrata lo importante de conocerse a uno mismo y ser capaz de ponerse en los zapatos del otro. Y eso hace que ocupe un lugar especial en mi camino.
Justo por el legado de este tipo de figuras es que personas como yo aman hacer lo que hacen.

Él comprendió que había una manera más noble de hacerse preguntas. Que al sentarse a escribir sobre sí mismo, terminaba hablando de todos; que cada temor suyo era también el nuestro y cada alegría sencilla pertenecía a la inmensa familia humana.
Mientras la Europa del siglo XVI se debatía entre guerras de religión, fanatismos y ambiciones, Montaigne se refugió en el rumor de los bosques de la Aquitania francesa para descubrir que la paz podía comenzar en el interior de uno mismo.
Entre viñedos y robles que bordeaban su castillo él escribió que la libertad comienza cuando dejamos de fingir que lo sabemos todo y entendemos que ninguna filosofía vale más que una existencia vivida con dignidad.
Los ensayos que salieron de la biblioteca de su torre no son un tratado filosófico, sino el diario de un hombre que aprendió a convivir con sus dudas; del humanista abierto, cosmopolita y de vasta cultura, que emprendió un viaje al interior del alma.

Para él, los cambios en el ser humano forman parte de un proceso natural. Como mismo los árboles con el paso de las estaciones, la transformación en los individuos debe ser aceptada como una forma de libertad.
Todas sus reflexiones tenían como objetivo acercarse al arte de vivir, el cual -según sus propias palabras- no estaba en perseguir la perfección, ni adelantarse al futuro anticipando los peores escenarios, sino en habitar plenamente la condición humana.
Cuando aprendemos a escucharnos, aceptamos nuestras propias contradicciones y contemplamos la belleza escondida en los días más sencillos, es posible lo anterior, aseguraba el genio francés.
La vida me ha permitido amar esa filosofía, porque significa poder disfrutar del placer de la amistad, caminar libre por los campos, leer un buen libro, contemplar el paso de las nubes y agradecer el sencillo milagro de estar vivo.

Él me mostró que quien aprende a saborear lo cotidiano descubre una felicidad que ninguna riqueza puede comprar.
Mi visión del mundo cambió radicalmente en la medida que incorporé sus enseñanzas, las cuales no intentaban demostrar inteligencia, sino compartir experiencia.
Según sus ensayos, la verdadera sabiduría no consiste en elevarse por encima de los demás, sino en reconciliarse con las propias imperfecciones y contradicciones. “Hacer de cada día una conversación honesta con uno mismo, con los demás y con el mundo”.

En esa sencilla lección reside gran parte de la belleza de su legado.
El humanista del siglo XVI daba un valor esencial a la amistad, los libros y al silencio, en tanto el alma -decía- necesita de los tres. Un corazón donde reconocerse, una conversación con hombres separados por siglos y continentes y un estado donde la conciencia encuentre su voz más sincera.
Con la misma fuerza que defendía que el ser humano es una obra inacabada, siempre cambiante, como los árboles que renuevan sus hojas sin dejar de ser los mismos, daba por sentado el hecho de ser viajeros inseguros, aprendices de nosotros mismos.

Acercarme a los postulados de Montaigne dio sentido a mi blog y también al propósito de escudriñarme hasta tener una opinión cabal de mí misma.
Con él aprendí a mirar la última estación del viaje como una presencia que da profundidad a la existencia. Tener conciencia de que el tiempo es limitado convierte cada amanecer en un regalo y cada encuentro en un acontecimiento irrepetible.
“El recordar la fragilidad de la existencia te hace valorar el pan compartido, el calor del sol sobre la piel, la risa de un niño y el abrazo de un amigo”.

Lejos de apagar la vida, la muerte la ilumina con una luz más intensa, destacaba Montaigne.
Cinco siglos después, el pensador sigue siendo un contemporáneo. Sus ensayos no envejecen y me recuerdan la importancia de caminar con la vida, escuchar sus estaciones, aceptar sus pérdidas, celebrar sus encuentros y agradecer, incluso, en los días grises.
Para alguien como yo, que ha tenido el inmenso privilegio de haber sido viajera sobre esta tierra en toda la expresión de la palabra, referirse a Montaigne es hablar de un pensador del Renacimiento, pero también de un compañero de camino.
Ese que, con una bondad serena y una inteligencia luminosa, me recuerda que el mayor arte no está en escribir un libro, ni conquistar un reino, sino en aprender, día tras día, el delicado y maravilloso arte de vivir.




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