Ser tú mismo, lo es todo.
- Sissi Arencibia

- hace 4 horas
- 3 min de lectura

Dicen que nuestras vidas se recuerdan por lo que dejamos, por la huella que marcamos a nuestro paso. Y que tan o más importante que los bienes heredados, son los valores aprendidos.
Los segundos son un legado como pocos. Por eso abrí mi diario para documentar experiencias vitales, ordenar el pasado y trazar una especie de ruta que, tal vez, sirva para que alguien más pueda encontrarse.
Hacerlo en esta época del camino tiene mucho sentido para mí, porque la memoria suele ser frágil y el transcurso de la vida, tan breve, que no alcanzamos a dimensionar la relación entre los acontecimientos.
La vida es una historia que vamos improvisando. Y, en ese proceso de crear tu propio boulevard -armado con vivencias de todo tipo-, hay algo que ha merecido la pena y es el estar clara de mi propia valía.

Como te ves a ti mismo, lo es todo. Es el mayor tesoro que encontré en esa búsqueda.
Aprender a verse uno mismo es la base, el punto de partida para cambiar el mundo que nos rodea. Tener esa visibilidad te hace ver más allá de cualquier espejo que el mundo te ponga delante y eso tiene un valor extraordinario.
Pasé tiempo entrenándome para aprender a elegirme, para permitirme observar y volver a mi pilar de luz, a eso que me sostiene. Mi energía se volvió imparable, porque apunté al nivel más alto de cambio.
En ocasiones, caminé por una cuerda floja, pero continué consciente de que era parte del camino transitarla. Costó mucho alejarme del espejo de los demás, pero conseguí tirar de mis propios hilos y permanecer centrada.
Eso me llevó a medir mi valor por quien soy y por lo que tengo, no por lo que me falta.
Antes hacía de todo para encajar en los espacios que habitaba. Me costaba lidiar con algunas cosas, entre ellas la aceptación de los demás.

Igual que todos en algunas etapas del camino, me ponía máscaras en función de la situación, con la esperanza de sentirme más segura o de acercarme a esa sensación de pertenencia. Y aun así, no me sentía yo misma.
Es fácil dar por sentado que lo que te hace diferente es la parte más visible de ti, lo que la gente percibe primero y recuerda más tiempo.
El problema estriba en que una vez que abres la puerta a los juicios ajenos, estos terminan por distraerte.
Los complejos pueden borrar todo lo que das por cierto de ti misma. Pueden hacer que te sientas torpe e insegura, desorientada acerca de quien eres y donde estás. Y, en ocasiones, esa imagen deformante se convierte en lo único que ves.

Eso lo puedo decir ahora, porque me siento a gusto conmigo. Aprendí a valorarme, a respetarme por lo que soy y por lo que valgo. Ya no me preocupa cómo me ven los demás. Mucho menos sus juicios y el rasero por el cual te juzgan.
Vi de cerca los límites que crea el miedo y en un entorno cercano la factura que puede pasar la amargura. Pero decidí transitar otro camino, sin dejar que esas cosas te toquen el alma.
Cuando comprendes eso y te sientes bien contigo mismo, nadie puede hacerte sentir mal. Y esa máxima, tan brillante como sencilla, irradia tranquilidad desde dentro. Tranquilidad a pesar de la lucha y de la incertidumbre.
Aprendes a sentirte cómoda con tus miedos, encuentras tus herramientas, te adaptas, si es necesario y sigues tu camino. Saboreas mejor tus batallas.

Cuando reescribes la narrativa de cómo te percibes das con un nuevo punto de apoyo, te alejas de los espejos de los demás y hablas desde tu propia experiencia, desde lo que tu conoces. Y eso tiene un valor inmenso.
Cuando te eliges, creas la base de la verdadera confianza y un soporte para conseguir más visión, determinación y mayor capacidad para generar cambios.
Los errores más grandes de la vida derivan de cederle poder a alguien más, creyendo que el amor que los otros ofrecen es más importante que el amor que uno mismo se debe prodigar.
Alcanzar nuestro potencial como persona es mucho más que una idea. Es la meta final, decía Oprah Winfrey. “Las maravillas de las que somos capaces no tienen nada que ver con las mediciones de la humanidad”.

Aseguraba que la única meta que vale la pena aspirar es a una transformación de conciencia que le permita a uno saber y entender que no es mejor o peor que otro ser humano. Solo es.
Eso se llama evolucionar y es un proceso de excavación que dura toda la vida. Escarbando profundo para descubrir los problemas escondidos y ventilando aquellos que te ayudarán a construir una vida mejor.
Es un camino difícil, pero transitarlo te hace sentir liviano y hasta caminar por la pradera con entera libertad.



Comentarios