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A Cuba la define la música.

  • Foto del escritor: Sissi Arencibia
    Sissi Arencibia
  • hace 18 horas
  • 4 min de lectura

Provengo de una nación emblemática, sonora y poderosa. De un lugar con encanto y sabor suficientes para que el espíritu de quien se acerque se quede atrapado y haya que volver una y otra vez para traerlo de regreso.


Constituye una especie de orgullo tener como origen un sitio tan cautivante. Una isla alegre y llena de magia donde toda la historia está cantada y lo que ha pasado en ella se puede rastrear a través de la música.


Tardé algún tiempo en escribir sobre Cuba, porque cuando te vas de ella, partes con el corazón en la mano.


Una parte de él se queda enterrado allá, como dice la canción, porque esa isla se te mete en el alma como un tatuaje.


Así de mágica y fuerte es nuestra identidad, marcada por la música de Benny Moré, Miguelito Cuní y los Matamoros cantando Camina y ven pa’ la loma. Unos acordes que te los llevas pegados adónde quiera que vayas.


Las más profundas nostalgias de cualquier cubano emigrante salen de sentir esos arreglos musicales en la distancia.


Crecí con los versos de Martí y esos ritmos que contagian en un paisaje lleno de palmeras y rodeado de agua; en una tierra bendita que los músicos han elogiado hasta el cansancio luego que Colón la bautizara como la más hermosa que ojos humanos hayan visto, cuando la descubrió en 1492.


Su esencia parte de ahí. De su sorprendente y rítmica narrativa musical, que nutre una de las más maravillosas crónicas del paso de un pueblo por la historia y que ha dejado un legado único e irrepetible.


De la época suntuosa en que el mundo bailaría con el son cubano y los músicos verbalizaran sus grandes historias. De ese tiempo en que los ritmos cubanos comenzaron a viajar y la isla terminara exportando una manera de sentir la vida.


Además de la densidad histórica como pueblo y su influencia en el continente, la música nos define.


En Cuba el ritmo parece brotar de la tierra, del golpe de las olas contra el malecón habanero, del eco de los tambores africanos y de las guitarras españolas que llegaron siglos atrás en barcos cargados de historias.


Cuba es cuna de géneros que conquistaron el mundo. Su riqueza es reflejo de una fusión cultural única, donde convergen raíces africanas, además de españolas y caribeñas. Su historia nació del encuentro entre mundos distintos.


Al igual que cuando hablé de las Antillas, en mi isla el sonido de los tambores está tan presente como el cañonazo de las nueve, una vieja práctica que anunciaba el cierre de la actividad del puerto habanero durante la Conquista y la cual se mantiene hasta nuestros días.


Los tambores entraron con las comunidades negras traídas de África para trabajar las plantaciones de azúcar, en la época en que los imperios de ultramar se batían a duelo por el dominio de las rutas del Atlántico.


Los esclavos fueron parte de un comercio triangular y llegaron al Caribe encadenados, en condiciones miserables, desprovistos de su cultura, su tierra y todo lo que conocían, menos los dioses y la música.


Eso vino con ellos, viajó con ellos y fue lo que los redimió.


Buscando contar su historia a través de los instrumentos que inventaron para hacerla posible, la música fue su marca de supervivencia en medio del horror de la esclavitud. Y ese hecho marcó lo rico y sagrado de nuestro universo.


El alma africana se metió en los barracones y en los ingenios azucareros y a través de las percusiones encontraron la forma de sobrevivir a un contexto hostil.


El mundo esclavo generó una riqueza impresionante con su sudor, su trabajo, pero también con la fuerza espiritual del ritmo y la sonoridad. No se podrá hablar de Cuba sin empezar por ahí, por lo que ha sido su huella más duradera.


De España vinieron las cuerdas, las coplas y ciertas nostalgias mediterráneas. Con el tiempo, ambas raíces dejaron de ser separadas para transformarse en el son cubano, la guaracha, el danzón, la rumba y más tarde, el mambo y la salsa.



Cada género fue una manera de narrar la vida cotidiana y muchos cubanos aprendieron a sobrevivir emocionalmente cantando en una isla marcada por emigraciones, encuentros y despedidas.


Allí hasta el silencio parece tener compás. Y esa marca está detrás del valor sincrético que yace en el alma de cada cubano, en ese amor por la música que los mueve, y en ese espíritu alegre, aderezado con la influencia que viene del mar.


Parte de nuestra definición como pueblo viene de ese hecho, a pesar de ser forjada a golpe de dolor, a costa del exterminio de las poblaciones autóctonas y de la pérdida del valor originario, representado en los pacíficos taínos que recuerda la historia.


La mezcla forjó la identidad cubana y la música ayudó a conservar la alegría, incluso en tiempos difíciles.


También fue un medio para unir, porque donde la historia dividió familias y destinos, una canción siguió siendo territorio común.


De una parte y la otra hubo suficiente para arrastrar multitudes, porque mientras exista alguien golpeando un tambor bajo el cielo cálido del Caribe, seguirá viva esa certeza invisible de que un pueblo también puede contarse a sí mismo a través de su música.


En nuestro caso, ella parece guardar un pedazo del mar, de la nostalgia y de la alegría de Cuba. Y todo eso tiene su raíz en la historia, en la fuerza mestiza de nuestra raza y en su inagotable vitalidad.


 

 

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Sobre este blog

Mis pasos han tenido la suerte de andar muchos caminos. Algunos con curvas que me hicieron caer; otros filosos en los que superé pruebas dolorosas y muchos gratificantes, que me llevaron a cumplir el sueño de explorar el mundo. Leer más.

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