Los cubanos hacen que su tierra se sienta.
- Sissi Arencibia

- hace 19 horas
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Cuba no está en el Caribe por casualidad. La llaman la llave del Golfo, en tanto fue por mucho tiempo el corazón del comercio colonial del Nuevo Mundo y la posesión más defendida y arraigada de ultramar.
Desde sus albores estuvo rodeada de influencias que venían del mar y durante siglos el oro y la plata extraídos del continente pasaron por sus aguas. Eso explica la presencia de fortificaciones y enclaves en sus principales bahías.

En sus aguas nacen corrientes cálidas que regulan el clima de la costa este de Estados Unidos y moderan los inviernos del norte de Europa. Eso la hace tener la mejor posición estratégica del Caribe.
Su paisaje muta de llanuras fértiles a montañas abruptas, de pantanos prehistóricos a costas de roca afilada. Pero siempre el mar la abraza y eso la hace una nación de encanto, de matices y coloridos contrastes.

Yo provengo de ahí. De ese lugar donde la guitarra y el tambor tienen un valor enorme, donde las zapatillas de Alicia Alonso pusieron en lo más alto el prestigio del ballet y donde los libros de Padura calaron en la conciencia nacional sin estridencias, ni consignas.
De una isla del Caribe con una fuerza literaria arrolladora, donde Marti cantó a la libertad y la dignidad en unos versos sencillos que de tanto recitarlos metieron muy adentro del cubano el orgullo y el ideal de independencia.

Crecí leyendo el Ismaelillo, cultivando la rosa blanca de que hablaba el poeta cubano y asimilando el profundo humanismo que emanaba de cada estrofa de “yo soy un hombre sincero”.
Y eso es suficiente para poder escribir esta semblanza.
Vengo de una tierra que es puro ritmo, con una intensa mezcla de raíces, una cultura vibrante y llena de gente cálida y movida.

De un lugar donde, paradójicamente, los autos antiguos recorren las avenidas como si el tiempo se hubiera detenido, dando ese toque particular al ambiente que no percibes en otros lados.
Muy pocos países poseen lo que hay allí en alma y esencia. Esa identidad capaz de transformar la dificultad en creatividad y esa alegría, que no significa ausencia de problemas, sino una forma de enfrentarlos.

Allí la música no es solo entretenimiento, sino una forma de contar la historia, de celebrar y también de resistir.
Y eso hace a cada cubano, lo mismo dentro que fuera, orgulloso de pertenecer, de venir de un país con huellas, herencias y profundas influencias que han marcado la religión, la comida, el idioma y la música.

Somos una tribu intensa, ruidosa, solidaria, alegre y expresiva. Una fuerte comunidad que convierte lo cotidiano en celebración, que disfruta conversar, debatir, compartir y contar historias hasta el cansancio.

Gente que ríe con facilidad y hace que su tierra se sienta. Seres dotados de un carácter humano muy particular y una forma de ser que es resultado de siglos de historia, mezcla cultural y desafíos que han moldeado un espíritu único.
En el mundo, el cubano es reconocido por su ingenio, capacidad de adaptación y facilidad para buscar soluciones a situaciones complicadas.

Acostumbrado a la supervivencia, para él no existen imposibles, ni tampoco requiere de tantos recursos. Por eso se impone donde quiera que llegue.
La solidaridad es parte de su identidad, porque la vida colectiva tiene un peso importante en la cultura de la isla. En barrios y comunidades es común que los vecinos compartan alimentos o apoyen a quien atraviesa dificultades.
Y eso, muchas veces, nos hace uno en la distancia.
De tal suerte que hablar de los tintes que describen el alma del cubano es igual a decir que la suya viene de una sólida y férrea identidad que, más que una palabra, es una forma de vivir.

Entre mar, música y memoria, Cuba continúa siendo una tierra que no solo se habita, sino que se siente. Donde cada calle parece contar una historia.
La estirpe de donde yo procedo tiene una forma de interactuar relajada y desentendida de las formalidades. Su alma es una mezcla vibrante de resiliencia, alegría contagiosa y profunda herencia cultural.

Eso hace que convierta la adversidad en fiesta, con esa capacidad casi única para mantener la sonrisa y el humor, incluso en tiempos difíciles.

Hace que transforme la carencia en ingenio, con un probado calor humano y espíritu solidario.
Y hace que, a pesar de los pesares, mantenga ese apego a la isla y sus tradiciones, provoque espacios para hablar de ella y vaya por la vida, cantando y bailando, porque la vida siempre será para los nuestros el carnaval que cantaba Celia Cruz.



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