En Cuba resulta adictivo el olor de la tinta y los impresos.


Hace algunos años el icónico cantautor español Joaquín Sabina contaba en sus memorias que “nunca había visto un público tan ávido de literatura, tan literariamente interesado por algo y, tan capaz, como el cubano”.
Pese a venir de una isla pequeñita, donde se editan muy pocos libros, hay unas ansias de leer tremendas, argumentaba. “Su calidad oidora, compartidora, el hambre de cultura y su sabiduría son asombrosas”.
Oyendo hablar de mis orígenes hasta yo misma me sorprendo, pues pocas veces nos topamos con definiciones tan exactas sobre la condición de la gente de ese lugar del Caribe, donde resulta algo adictivo el olor de la tinta y los impresos.

Allí se vive una experiencia digna de contar, en ocasión de las ferias del libro y los festivales de cine, eventos que arrastran muchas influencias y terminan alterando el pulso de todo un país, por su poder de convocatoria.
A pesar de las condiciones económicas tan limitadas en que se desenvuelve la nación, la efervescencia que logra ese tipo de foros es a lo que se refería Sabina, para quien resultaba un tanto peculiar el nivel cultural de su gente.
A Cuba no la conozco de pasos, ni de oídas. He ido muchas veces, expresó el músico, quien visitó los certámenes literarios y experimentó la pasión que se vive en ellos.

Los del libro son recorridos que tienen como sede inaugural la fortaleza de la Cabaña en La Habana y luego se salen del marco capitalino para viajar progresivamente por el resto de las provincias cubanas.
Dado que en Cuba se fomenta el amor por los libros casi todo el año, las ferias del libro son un evento de alcance internacional que mueve los engranajes de la mayoría de los cubanos.

No importa la incertidumbre y las condiciones en que laboran las pocas casas editoriales para mantener en marcha la industria. Tampoco la baja calidad de sus impresos. Amplias filas recorren los pabellones para adquirir libros.

Yo crecí prendida de ellos, porque eran una puerta a la fantasía y un medio para entender el mundo.
Todos los de mi generación fueron educados en el principio de que para tener criterio propio, había que acudir a ellos. Eran imprescindibles para conocer el mundo en que vivimos, saber de dónde venimos y también hacia dónde vamos.
Y quien alimentó ese hábito hasta hacerlo parte de su vida puede entender al compositor español en sus confesiones, cuando se decantaba por estar del lado de “la información más pensada y con matices, que es la que aportan los periódicos y los libros”.

Preguntado sobre el poder de la información en el siglo presente y la fuerza que en este tenían las redes de internet y el móvil, dijo que, aunque son muy importantes, no se estaba perdiendo de casi nada, si le faltaran.
Los libros escapan a la manipulación informativa que se hace en el ámbito político por esos medios, especificaba en sus reflexiones En Carne Viva. “Principalmente, porque se trata de cosas pensadas, escritas, reescritas y corregidas”.

Además de que siempre apostó por ellos, Sabina defendió la importancia de la lectura al catalogarla como “antídoto para la soledad, salvavidas en sus giras, refugio de los escenarios y multiplicador de experiencias”.
Su declaración más famosa asegura que desde que aprendió a leer, nunca más volvió a sentirse solo.
Si tengo un buen libro a mano, estoy feliz, afirmó quien define el hábito como la capacidad de vivir un montón de vidas distintas, viajar a otras épocas sin salir de una habitación, y hablar con gente de otros siglos.

Desde su perspectiva, la gente leería más si a los 14 años le hubiesen explicado la importancia que tiene para la vejez el interesarse por los libros.
Si de verdad se quiere enseñar a la gente, no a que sea más culta, más educada, sino más feliz, hay que inculcarle eso, manifestaba. Los viejos que leen son infinitamente más felices que los que no lo hacen.
A su juicio, mientras no exista alfabetización global, un salario mínimo cultural que permita tener conocimientos para leer libros y cuatro de ellos en la casa del más pobre, el Planeta será el Infierno de Dante.
Opinaba que, de esos cuatro, uno debería ser la Odisea de Homero, otro cualquiera de Shakespeare, El Quijote y Cien años de Soledad.

Sabina ha sido de los pocos mortales capaces de hacer literatura de alto calibre escribiendo canciones.
El miró el mundo traspasándolo, con esos referentes vitales que son los que convierten a alguien en escritor, aún mucho antes de que ese alguien sepa que quiere serlo.
Siempre me sorprende la sutileza de personas como él para mirar desde fuera y mostrarnos tal cual somos.




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