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Cuba y los ecos de la Atlántida.

Foto del escritor: Sissi Arencibia
Sissi Arencibia
13 ago
3 min de lectura

Las leyendas no sobreviven porque sean demostrables. Sobreviven, porque hablan a la imaginación humana. Por eso, la posibilidad de una ciudad perdida bajo las aguas del Caribe continúa flotando como un rumor antiguo que el océano todavía no quiere revelar.


Los ecos de la Atlántida y lo que la vincula al espacio que ocupa Cuba es una historia persistente desde que a finales del siglo pasado algunas exploraciones submarinas en la zona despertaron la imaginación de investigadores y aventureros.


La detección de formaciones pétreas parecidas a estructuras geométricas en enormes profundidades del mar Caribe, frente a las costas de la península cubana de Guanahacabibes, reavivaron el tema de las ruinas sumergidas.


La noticia recorrió el mundo con rapidez. Entre las vistas había líneas, bloques y figuras que, aunque podía tratarse de simples formaciones naturales moldeadas por procesos submarinos durante miles de años, dieron pie a imaginar templos hundidos.


Las profundidades extremas y la dificultad de investigar el área hicieron que el misterio nunca pudiera resolverse del todo, pero en el imaginario del Caribe la historia encontró un lugar fértil y reactivó en las mentes el espectro de una civilización olvidada.


Como tantas veces a lo largo de la historia, la palabra Atlántida se volvió a escuchar trayendo a recuento las ideas de Platón sobre la existencia de una civilización brillante, con gran sabiduría, que existió siglos antes del ascenso de la antigua Grecia.


En el año 359, el maestro de Aristóteles contó una historia sobre una gran masa terrestre situada más allá de las Columnas de Hércules, el actual estrecho de Gibraltar. “Una tierra poderosa, rica y avanzada, cuyos templos brillaban con metales preciosos”.


Sus puertos, describía, alcanzaron una prosperidad extraordinaria y recibían embarcaciones de todos los confines del mar.


Sus ciudades estaban atravesadas por canales circulares, sus campos producían abundancia y sus palacios reflejaban una civilización refinada y orgullosa.


Pero, como tantas historias antiguas, aquella grandeza escondía una advertencia.


Platón contó que, con el paso del tiempo, la ambición y la soberbia corrompieron a los habitantes de la isla y en una sola noche de terremotos y mareas violentas, la Atlántida desapareció bajo el océano.


De acuerdo con el filósofo, la información provino de un famoso legislador llamado Solón, quien constató la historia en un templo egipcio.


Una columna cubierta de jeroglíficos tenía grabado en detalle lo tecnológica y avanzada que era esa civilización, fuente de donde ellos mismos obtuvieron sus conocimientos, según Solón.


A la cultura occidental no ha dejado de inquietarle el hecho de que uno de los filósofos e historiadores griegos más renombrados de todos los tiempos hablara de la existencia de la Atlántida como centro mismo del conocimiento y la enseñanza.


También que afirmara que se trataba de una historia muy importante para los antiguos egipcios.


De todos sus influyentes escritos, el de la civilización perdida es el más fascinante y misterioso. Gracias a él el nombre de Atlántida permanece suspendido entre la historia y el mito, como un eco que atraviesa los siglos.


El mar quedó guardando el secreto y durante años arqueólogos, viajeros y soñadores intentan descubrir si el relato fue real, obedece a una alegoría filosófica o se trata del recuerdo deformado de una civilización de la antigüedad.


Su fuerza reside en que nunca apareció y más que una ciudad perdida terminó convirtiéndose en un símbolo. En la idea de que incluso los imperios más brillantes pueden desaparecer bajo las aguas del tiempo.


Cada generación la ha imaginado de forma distinta: unos la sueñan como un paraíso de sabiduría; otros, como un reino castigado por su arrogancia.


Pero en las noches tranquilas del Mediterráneo o frente al rumor inmenso del Atlántico, todavía hay quienes se preguntan si, en alguna profundidad olvidada, descansan columnas cubiertas de coral y avenidas dormidas bajo siglos de silencio.


Cuba posee algo que favorece las leyendas y es su relación íntima con el mar.


La isla donde yo nací vive rodeada de horizontes líquidos, de corrientes antiguas y de silencios oceánicos. Está marcada por la mezcla de culturas y la resistencia, y eso le da cierta aura legendaria dentro del Caribe.


Sus costas parecen hechas para guardar secretos. Y en muchas noches, cuando la brisa apenas mueve las palmas y el agua se vuelve oscura, resulta fácil imaginar que bajo las profundidades duerme una ciudad olvidada.


Tal vez, la Atlántida nunca existió. O, quizás, permanece donde siempre estuvo: en la frontera invisible entre la memoria humana y la imaginación.


Pero su sombra envuelve el Caribe y también a mi isla, esa porción del mapa llena de relevancia y misticismo.

 

 

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Sobre este blog

Mis pasos han tenido la suerte de andar muchos caminos. Algunos con curvas que me hicieron caer; otros filosos en los que superé pruebas dolorosas y muchos gratificantes, que me llevaron a cumplir el sueño de explorar el mundo. Leer más.

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