Cuba y la calidad legendaria de su tabaco.
- Sissi Arencibia

- hace 23 horas
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El suelo de Cuba es extraordinario. Hay que decir que la geología de este pedazo de tierra y su combinación dictaron la identidad de una nación entera, haciendo que no exista otro punto de la tierra que de un tabaco como el que se produce en sus vegas.
Codiciado por los expertos de esa materia en el mundo, el suelo cubano posee las proporciones exactas de arena y arcilla; un drenaje que retiene la humedad justa, sin ahogar raíces y la brisa de los mogotes cercanos cargada de sedimentos de millones de años.

La calidad legendaria de su tabaco depende de ese equilibrio preciso y de la concentración de nitratos, que otorga a las hojas mayor resistencia y vigor.
Las que crecen, especialmente, en el extremo occidental de la isla tienen características de textura, aroma y elasticidad que no se logran en otro lugar del Planeta. Y eso lo sé porque yo provengo de allí.

De ese suelo, poblado de valles tabacaleros y montañas de roca caliza llamadas mogotes, resultado de la fracturación de una meseta hace millones de años.
Lo sé, porque en su momento pude contar con el testimonio del mejor productor de la hoja y eso me dio argumento para escribir.
Atada a la mía desde los albores, la historia de Alejandro Robaina es la de un individuo especial, la de un personaje que me cautivó dentro del oficio, por haber inmortalizado una marca de puros con su nombre.

Provenía de una zaga de agricultores de las plantaciones cubanas de Occidente y fue un ser humano común que, en su humildad, llegó a considerarme parte de su éxito. Con él concebí mi mejor entrevista y nació la inspiración para un libro.

No puedo hablar de este tema sin traerlo a recuento, porque él representa un linaje, que data de 1845 en la región de Cuchillas de Barbacoa, el asentamiento por excelencia dentro de la tradición tabacalera de la isla cubana.
Sin importar que yo lo evoque hoy en este blog y que ya no se encuentre en este plan, su nombre recorrió el mundo con su doble corona de 10 pulgadas, como siempre lo soñó.

Todavía recuerdo las huellas del tiempo surcando aquel rostro y las manos agrietadas por la dura faena, pero con el reconocimiento ganado de haber sido una autoridad en la materia.
Eran los tiempos en que llegué a su mundo. Iba tras el origen de la hoja que envuelve al puro, esa que lleva los procesos más rigurosos y se logra tapada bajo enormes tendales en Vueltabajo, como se conoce a esa parte de donde es oriundo.

Hace tres décadas buscaba material para mis notas y topé con su historia: la de un hombre que en ese entonces se limitaba a su vega, pero que años más tarde marcó en las planas más reconocidas del mundo con su marca personal.
Tocar la fibra de ese que se pega al suelo fue la razón que me llevó a su finca, ubicada en el macizo tabacalero de San Luis.

Su imaginación y fantasía me dieron vuelo para entender un proceso delicado y paciente, que va del surco hasta el humo que exhala el fumador cuando enciende su breva.
Fueron muchas jornadas las que pasé a su lado y donde obtuve los juicios más ocurrentes, esos que un campesino tiene siempre a flor de labios. Supe de semillas y de suelos, de surcos y camellones, hasta llegué a creer en la influencia de las menguantes de la luna en las cosechas.

Él no me supo hablar de sanidad y de controles. El suyo era el lenguaje de la tierra y con ese me expuso sus criterios sobre el cultivo más técnicamente cuidado de la isla y cuyo desarrollo nació de la pujanza de los canarios por hacerlo prosperar.

Al diálogo vinieron los tiempos en que recorría los lotes de tabaco de la mano de su abuelo Leopoldo. Era el tiempo en que los peninsulares españoles hicieron prosperar el negocio en la isla, reconocida por cultivar la mejor capa del mundo.

Entre sus remembranzas hablaba de la pasión y el rigor aportados por su padre Maruto, de quien heredó la norma, el trato y para quien la condición de la cosecha era algo así como su propio ser.

Pero el Robaina de la tercera generación de aquella zaga dejó otras señales sobre el suelo, al cual pertenezco.
Guiado por una larga experiencia, cristalizó la marca Vegas Robaina y enseñó a muchos de mi generación que el cultivo no está sujeto al toque de una campana, sino que depende de las estaciones y las lunas, de las lluvias y las secas, del capricho de los vientos.

Un día me dijo que “los campesinos escuchan por los ojos” para ilustrarme el hábito de los agricultores de aferrarse a las tradiciones y negarse a cambiar un solo método de labranza, si antes no han comprobado sus ventajas.
Nunca olvidé que detrás de aquella frase estaba el propósito de hacerme ver que el tabaco era un cultivo manual, cuyo saber se transmitía de padre a hijo y donde la tecnología poco facilita la labor.

Retado por el tiempo, las plagas y exigencias de la plantación, garantizó en vida la condición de ser el mejor del país. Lejos estaba su abuelo canario de pensar que su linaje volvería a España de la mano de su nieto.
Aún no me explico las razones que lo llevaron a sentir seguridad para narrarme la historia de su vida, pero lo cierto es que me transmitió su saber y consiguió que desde entonces me fijara en el camino de las personas comunes.

Al evocarlo hoy creo ver sus manos, manchadas por la meluza y agrietadas por el tiempo.
Creo tener frente a mí al hombre, de presencia amable, cuya vida transcurría con independencia de los acontecimientos que se desarrollaban fuera de su finca.
No recuerdo algo que lograra perturbar su serenidad. Sólo los acordes de una vieja vitrola que a ratos dejaba escuchar las notas de Cielito Lindo, conseguían remover el alma de aquel, cuya vida representó algo más que un linaje.



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