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Hemingway: el navegante solitario del litoral cubano.

  • Foto del escritor: Sissi Arencibia
    Sissi Arencibia
  • hace 18 horas
  • 3 min de lectura

Cuando se hable de Cuba, siempre habrá que recordar la historia del navegante solitario que en la década de los años 30 recorría a bordo de su yate la costa norte de la isla.


En cada fragmento del litoral de ese mundo comprimido sobre el Caribe está la huella de Ernest Hemingway, el Nobel de Literatura autor de El viejo y el Mar.


Por años traté de revivir sus incursiones por muchos de los poco más de cuatro mil fragmentos de cayos e islotes que unen los Colorados con Jardines del Rey; los Canarreos con Jardines de la Reina, los cuatro archipiélagos que rodean mi isla natal.


Seguí sus pasos por el Floridita, donde inmortalizó el daiquirí; por Cojímar, donde recalaba su yate y por Finca Vigía, su paraje mágico para descansar.


Y en esa experiencia tras la huella de Hemingway di con un cayuelo casi olvidado al occidente de Cuba, llamado Mégano de Casiguas.


Bautizado con el nombre de Paraíso, la porción -de poco más de un kilómetro- sirvió de inspiración para el escritor, quien concibió en sus aguas al emblemático pescador, de nombre Santiago, que haría de su novela un clásico de la literatura universal.


Gran parte del realismo que se percibe en El viejo y el mar se lo obsequiaron las costas cubanas y las cálidas corrientes del Golfo, donde acostumbraba a la pesca de altura, en particular la aguja, que era todo un pasatiempo y un estilo de vida para él.



La relación del autor con esa emocionante práctica lo llevó a asentarse en el poblado cubano de Cojímar como base principal, desde donde salía a bordo de su yate para perfeccionar su técnica de pesca deportiva y escribir.


La épica batalla de un pescador contra una inmensa aguja nació cerca de la corriente del Golfo y le valió el premio Nobel de literatura en 1954. Allí encontró la mejor y más abundante pesca que había visto en su vida.


Pero también la inspiración para escribir durante los más de 20 años que vivió en la isla.

Convertida en su hogar e inspiración, en Cuba escribió obras universales y disfrutó de la vida cotidiana. Pero, los cayos solitarios eran su fascinación.


Descalzo, sin camisa y con su vieja gorra de visera, Hemingway navegaba en el siglo pasado por los mares del Caribe a bordo de El Pilar, una embarcación de 40 pies de eslora comandada por Gregorio Fuentes.


Solo Fuentes, su viejo timonel, de cepa y acento canario, dio testimonios en vida de aquellos tiempos junto al novelista, que salió un día de su apacible residencia en finca Vigía para refugiarse en ese paraje solitario.


Deshabitado, olvidado y sin más recursos que un montón de arena y mangle, Paraíso deviene la única huella que permanece viva del paso del narrador por las inmediaciones de mi ciudad natal, a 147 kilómetros al oeste de La Habana.


Allí está su leyenda, los pinos que un día plantara y el mar de sus sueños. El mismo que lo inspiraba, con aquella sensación de estar a su merced, luchando por llevar a su Royal portátil unos trazos que apenas definían un inglés exacto.


Las referencias compiladas a partir de las memorias de Fuentes refieren que el escritor solía correr para ejercitar el cuerpo a la sombra de las ondulantes casuarinas, una especie conífera que crece en las costas cubanas.


Nadie iba a verle allí. En ese lugar se sentía pleno, aseguraba el viejo lobo marino, conocedor como pocos de los cayos de la isla y acostumbrado a merodear entre el timón de su barco y el salitre del Caribe.



El viejo capitán, a quien se le recordará siempre como la persona más ligada a la vida de Hemingway, resaltó siempre la pericia de aquel gran pescador de aguja y sus arduos trajines en la cálida corriente del Caribe.


De Paraiso dijo recordar cada anécdota, cada minuto que vivió al lado de ”Papa”, como cariñosamente le decía. Lo recuerdo retozando en la playa, como si el cayo fuera suyo, expresó unos años antes de su muerte.


Siempre habrá quien recuerde aquellas historias, quien imagine la nave fondeada en sus aguas y la talla de un narrador de altura que solía escribir en las madrugadas, a la luz de las velas.



Las vistas del cayo podrían quedar sepultadas un día por la erosión de las aguas, pero siempre se podrá hablar de aquella embarcación que navegaba contra el sol y se artillaba por intervalos rumbo a las más valiosas zonas pesqueras de Cuba.


En Paraíso y en todo el litoral cubano gravita esa leyenda. La del timonel de Cojímar y la del navegante solitario que quiso allí

curar las heridas de su tiempo.



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Sobre este blog

Mis pasos han tenido la suerte de andar muchos caminos. Algunos con curvas que me hicieron caer; otros filosos en los que superé pruebas dolorosas y muchos gratificantes, que me llevaron a cumplir el sueño de explorar el mundo. Leer más.

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