top of page

La religión afrocubana: un encuentro de fe y resistencia.

  • Foto del escritor: Sissi Arencibia
    Sissi Arencibia
  • hace 24 horas
  • 4 min de lectura

Estudié el sincretismo cubano siguiendo las pistas a la obra de Miguel Barnet. No había forma de entender la nación y sus procesos si no me acercaba a lo mucho que habló del tema el intelectual cubano, autor de Biografía de un cimarrón.


Como experto y conocedor del asunto, Barnet resultó ser la pieza clave para entender la fusión de dos espectros místicos que formaron parte de la identidad de un pueblo, con raíces españolas y africanas en su acervo.


Me aproximé a todo esto en mi proceso de formación y años más tarde confronté la visión del etnólogo para tener clara la manera en que la cultura yoruba nigeriana pudo congeniar con el mundo católico español.


La visión cósmica de ese cruce está hasta en el sorbo de café que acompaña el alma de cada cubano. Está en la música, en la comida, en la jerga que solo nosotros entendemos y en la nostalgia, que es otro cuento que te persigue cuando estás lejos.


La fusión de esos dos mundos en Cuba en la época de la conquista dio lugar a una religión conocida como santería, la cual es testimonio de una resistencia espiritual que atraviesa siglos de historia.



Su surgimiento se remonta al momento en que los africanos fueron arrancados de su tierra y traídos en barcos a los puertos de Cuba para trabajar las plantaciones de caña de azúcar.


Aquella fuerza cruzó el Atlántico forzada trayendo consigo sus dioses, rituales, lenguas y expresiones culturales, preservando en la memoria colectiva una fe que se adaptó, transformó y se mantuvo viva en el corazón de Cuba.


No puede entenderse la historia de Cuba, ni de la religión, ni de la música, ni del mestizaje sin el marco de la esclavitud, sin traer a recuento ese tema profundo que mezcla tradición, cultura y resistencia.


Como pueblo somos resultado de la mezcla e interacción de dos mundos: el peninsular que dominó en Cuba por espacio de siglos y el conformado por comunidades de pueblos lucumíes, congos, yorubas y karabalíes, procedentes de África.


Cada uno de ellos arrastró su propia versión del culto con una forma muy particular de entender el mundo. Y eso terminó en sincretismo y en el nacimiento de una de las religiones de este corte más potentes del continente americano.


Conocida como Regla de Ocha, la santería nace de la resistencia africana a perder sus creencias ante la imposición de la religión católica por parte de España durante la Conquista.



Suele ser complejo entender esa especie de culto, porque en él las deidades africanas -conocidas como orishas- fueron asociadas con santos católicos en una especie de equivalencia, como estrategia de supervivencia.


Establecer las similitudes entre ambos credos fue el recurso que encontraron los esclavos para mantener sus creencias vivas bajo la represión colonial.


Si tenemos en cuenta los siglos de esclavitud en la isla, una de las primeras fundadas y de las últimas en emanciparse por los intereses de España en la región, podemos explicarnos el alcance que tuvo la práctica.


En un proceso tan prolongado, donde el peligro era permanente y la vida incierta, se necesitó toda la protección que se podía.


Eso explica el arraigo profundo de la santería en la cultura cubana y la inspiración tan fuerte que tuvo en la música del país.


Para los practicantes, los orishas son considerados mucho más que simples divinidades. Son fuerzas cósmicas que regulan el destino de los seres humanos y son invocados a través del ritmo de los tambores, el canto y otras expresiones.



Cada persona, según ellos, tiene su propio orisha guardián, que determina su camino y destino. Las ceremonias de iniciación buscan una conexión profunda con estos seres espirituales a través del trance y la posesión.


La conexión de lo terrenal con lo divino se hace a través de un guía, quien comunica las necesidades y deseos a los orishas, cada uno de los cuales tiene un símbolo, un elemento, una imagen, un sacrificio y un poder que le confiere el creyente.


Más que religión, en Cuba se ve la santería como parte integrante de una cultura que sigue conectando a los cubanos con su historia, su resistencia y su identidad. Eso explica su expansión más allá de las fronteras insulares.


En cada uno de sus rituales, cantos, danzas, colores, cuentas y collares, se siente la huella indeleble de los africanos que, a pesar de los siglos de opresión, no dejaron de ser libres en su alma.


La música y la religión la metieron en el corazón de Cuba hasta hacerla una parte vital, al punto de que uno de los dichos más populares de allá recuerda siempre que “el cubano que no tiene de congo, tiene de karabalí”.


Y como hemos sido cronistas de nuestra realidad y de todo lo que nos va pasando a través de los tiempos, tenemos que admitir que el mito yoruba nos define hasta en la música.


Porque esa manera de entender el mundo, esa cosmovisión lleva a cualquier cubano a regar dos tragos de ron en el suelo antes de beber y a tararear junto al Septeto Nacional: “mayeya, respeta los collares, no juegues con los santos”.


Según la letra del músico Ignacio Piñeiro, “Mayeya no toma en serio esa especie de ritos e irrespeta las ofrendas.


Lo mismo juega con la campana de Ochún que afila un palo con el machete de Ogún, que se come los caramelos de Eleguá, y hasta juega con las maracas de Changó, describe la música.


Algo de lo que se cuidan muchos cubanos, sean o no practicantes, porque para ellos los orishas sobreviven en secreto debajo de los santos cristianos. Eso los lleva a tener una dualidad difícil de explicar y de entender.



Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


la suerte de mis pasos logo.png

Sobre este blog

Mis pasos han tenido la suerte de andar muchos caminos. Algunos con curvas que me hicieron caer; otros filosos en los que superé pruebas dolorosas y muchos gratificantes, que me llevaron a cumplir el sueño de explorar el mundo. Leer más.

¿Mantenerte actualizado

¡Te espero pronto!

© 2022 Creado por Art Cut 

  • Facebook
  • Instagram
  • Twitter
bottom of page