Capadocia es un paisaje que exige silencio, una pausa en el tiempo.
- Sissi Arencibia

- 21 may
- 3 min de lectura

Una cosa es volar en globo y otra es hacerlo sobre los relieves imposibles de Capadocia, esa tierra cubierta de rocas moldeadas por siglos de viento y lluvia que se alzan para custodiar los secretos de un pasado antiguo.
Allí madrugas por un pedazo de cielo, por el placer de ver salir el sol por entre aquel relieve mágico. Contrario a lo que puede pensarse, lo que experimentas no es miedo, sino asombro, en cuanto el globo aerostático inicia su desplazamiento.

La cesta cargaba nuestros cuerpos y también enormes expectativas. El silencio es tan vasto que solo el susurro del fuego al inflar la tela rompía la quietud de aquel mundo que se despliega abajo como un tapiz de arena, fuego y piedra.
Los valles se abren en pliegues suaves y las casas excavadas en la roca –habitadas desde tiempos hititas- parecían respirar con nosotros. Desde aquellas alturas, Capadocia me fue revelando sus capas de historia.

Flotando sobre aquella tierra me sentí parte de una continuidad humana, de un relato escrito en piedra.
Hasta podía imaginar las entradas a ciudades subterráneas, refugio de los primeros cristianos, que allí escondieron su fe del imperio romano.

Así fue mi primer acercamiento a ese paisaje, el más espectacular del mundo para vivir la experiencia. El que, a pesar de su escarpado relieve, ofrece las condiciones ambientales idóneas para volar en globo.

La certeza que tienes cuando bajas es que el momento que se vive allí es irrepetible.
Capadocia es un sitio que exige silencio, una pausa en el tiempo, porque sus formas, colores y hasta su historia misma no caben en una postal, sino en la memoria de quien la observa con el corazón dispuesto a dejarse sorprender.

Allí late un paisaje que parece ajeno al tiempo, un valle de piedra y silencio donde la historia se respira.

En su centro yace como adormilado el parque de Göreme, un lugar donde la naturaleza y la fe se dieron la mano. Un espacio donde la tierra se abre en cañones suaves, torres de toba volcánica y cuevas que esconden los rastros de siglos de vida humana.

Declarado Patrimonio por la UNESCO, ese parque es el corazón de Capadocia. Es una de esas raras confluencias entre geología y espiritualidad.
La talla de sus formas derivó de la erosión de antiguos volcanes y eso dio cuerpo a un paisaje de tonos ocres muy memorable.
A pesar de la dureza de la piedra, se convirtió en refugio y santuario para muchas comunidades a lo largo de la historia.

Allí quedó el testimonio de muchas incursiones durante los primeros siglos de cristianismo, cuando monjes y comunidades enteras excavaron en la roca sus iglesias, capillas y monasterios, creando un universo subterráneo de frescos y oraciones.
Da mucho sentido percibirlo desde arriba en medio de aquellas formaciones parecidas a chimeneas que el viento ha pulido durante siglos y que cambian de color con la luz del día.

Eso ya de por sí te da razones para hacer la travesía en globo, de los mejores recuerdos que te llevarás de Turquía.
Puedo dar fe de que al amanecer el valle es dorado, pero dicen que al atardecer se tiñe de rosa y en la noche, bajo las estrellas, parece un lugar inventado.
Cuando el viajero llega a Capadocia y se eleva en un globo, siente que entra en una dimensión suspendida entre la tierra y el cielo. Pero cuando baja a Göreme, se siente en el punto geográfico donde confluyen la piedra, la fe y el tiempo.

Es un regalo para los sentidos amanecer sobre el valle, con los globos elevándose lentamente hacia el cielo y el eco del viento resonando en aquellas cuevas, como un laberinto de piedra viva.
Pero esa otra experiencia –la de Göreme- quedaría para la siguiente entrega, porque en esta ya tenía embelesada el alma.




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