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Como una barca en el mar.

  • Foto del escritor: Sissi Arencibia
    Sissi Arencibia
  • hace 1 día
  • 4 Min. de lectura

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De niña solía mirar las estrellas, porque su luz iluminaba mis sueños. Con el tiempo seguí viendo el firmamento para hacerlo cómplice de mis anhelos, pero de grande entendí que si una luz es capaz de iluminar cualquier noche es la del conocimiento.


Intentando buscar un camino que me llevara a alguna parte, me volqué en aprender lo que más pude. Y fue ahí donde encontré las respuestas. Empezando por aquellas que me llevaron a conocerme, como la clave fundamental para entender.


Fue asimilando mi historia de vida y acompañándome en ese proceso que asumí plenamente mi responsabilidad existencial. Esa que toma en cuenta el vivir la vida, pero trabajar en ella también.


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Tal y como alguien dijera una vez: si vienes a vivir, hazlo bien y salta con la cabeza en alto.


De tanto manejar las emociones y superar desafíos, me convertí en una roca en medio del caos y, a pesar de los distractores, me atreví a vivir e intentar ser congruente con lo que decía y hacía.


A fin de cumplir el propósito, me encargué del proceso y lo nutrí de diferentes formas de ver el mundo. Alimenté la imaginación y encontré herramientas que me permitieran entender lo que sucedía en torno a mí.


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La búsqueda de sentido como fuerza motivacional y la capacidad de trabajar en el llamado fueron claves en ese andar. Muchos a través de la historia encontraron ahí el empuje para salir de situaciones difíciles.


Fue de esa manera que me convertí en la ficha de ese trascendente juego interactivo de protagonista y autor que siempre somos en nuestras vidas.


Pude ser “esa escritora de nuestro personaje vivencial” que el autor de Colorín Colorado tan sabiamente refería, cuando hablaba de la importancia de asumir la titularidad de nuestra vida y trabajar en ella.


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No dejes de imaginar todo lo que puedes llegar a ser, asentaba el cuento. “Sigue el camino de tu destino y cuando olvides lo que has aprendido, te quedará la experiencia y ese es el único tesoro que valdrá la pena compartir”.


Por esas sabias palabras y otras muchas que he leído en la vida, no he dejado de defender la causa que me importa, esa que amplía mis horizontes, me despierta interiormente, y me hace ver alineada con una energía superior.


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Seguir el camino de mi destino hizo que cada día fuera mejor. Me permitió ver señales, contar con la guía de espíritus de luz y tener protección en mis pasos y en el pensamiento. Algo guía mis manos y hace brotar mis palabras en todo momento.


También me llevó a explorarme desde un prisma diferente y a descubrir eso grande que habita en mi interior: una especie de sabiduría vital, que me hace ver como parte de una misión mucho más sagrada.


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Hay ocasiones en que percibo como se activa esa magia ancestral haciéndome acreedora de una vibra y una esencia, detrás de la cual está la guía de Dios y que para algunos tiene que ver con ayudar a despertar a los demás.


Algo así como integrar mis líneas del tiempo dentro de esa vida actual para ayudar a la humanidad.


Es como si las circunstancias me envolvieran en una especie de fluido espontáneo y una corriente me empujara a avanzar con este proyecto a fin de cubrir con mi propia identidad el giro que deseo dar a mi vida.


Así me siento en este momento, como una barca en el mar, como algo suave que me mueve y me susurra que siga la corriente.


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Ya aprendí a escuchar y a seguir la ley de la vida, a hacer mucho más fácil el proceso. A mostrar gratitud por lo que sucede, ya que cada experiencia -buena o mala- es una oportunidad para crecer y encontrar sentido.


La responsabilidad que asumimos con nuestras vidas es la fuerza que define nuestros días y los de nuestra comunidad.


El poder manejarme de esa manera hace que cada vez que titubeo recuerde la advertencia del Cañón del viento a la princesa, en el cuento de Odín Dupeyron.


“He estado aquí desde que el mundo es mundo. Tus preocupaciones son tan insignificantes. Tu vida es tan corta y es tan pequeña que pasará como todo lo que pasa y yo seguiré aquí transformándome poco a poco. No eres nada ante la inmensidad del universo”.


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Disfruta de lo que tienes, alentaba. “Tienes lo que necesitas. Eres un ser perfecto como lo que te rodea y entiende que tienes, como todo en la naturaleza, una misión específica. Búscala, encuéntrala y descubre en ti la razón de ser y de existir”.


Ese tipo de mensajes me hizo ver mucho más claro, aprender que muchas veces lo que te protege de lo desconocido, también te encierra y te priva de tu libertad. Esa es la moraleja de ese cuento maravilloso.


Hoy agradezco el haberme lanzado a explorar el camino y que haya sentido la curiosidad y el deseo de hacerlo. Eso me permitió aprender a disfrutar lo que tengo, a mostrarme satisfecha, agradecida y a sentirme viva.


Entender que tenía el mundo en mis manos salió de ese trasegar, porque, como bien dice el autor del cuento, en la escuela te enseñan muchas cosas, algunas importantes, otras no tanto, pero la mayoría de lo que aprendes concienzudamente, se te olvida por completo.


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Más, sin embargo, nunca te enseñan que tienes una vida en tus manos y que de uno depende lo que puedas llegar a ser con ella. Tenía un proyecto más importante que todo lo que pudiera aprender: mi vida.


Y es hasta ahora que aprendo de esa materia, la más elemental de todas.

 

 

 

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Sobre este blog

Mis pasos han tenido la suerte de andar muchos caminos. Algunos con curvas que me hicieron caer; otros filosos en los que superé pruebas dolorosas y muchos gratificantes, que me llevaron a cumplir el sueño de explorar el mundo. Leer más.

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