El valle de los Reyes y el inicio de la eternidad
- Sissi Arencibia

- 25 dic 2025
- 3 Min. de lectura

Hace 3500 años los faraones dejaron de erigir pirámides como sus tumbas. Eligieron aislados acantilados de piedra caliza para hacer reposar sus restos, haciendo del valle de los Reyes una cantera de estudio permanente para los arqueólogos.
Excavado en las entrañas de la roca, en las tierras cercanas a Luxor y bajo el ardiente sol del desierto se extiende este lugar para recordarnos que en Egipto la muerte no era un final, sino el inicio de una nueva eternidad.

Con unas 65 tumbas ocultas de los más poderosos faraones del Nuevo Imperio, el valle de los Reyes se considera de las más famosas necrópolis del mundo.
Desde que tengo conciencia moría por pisar ese lugar y llegar al espacio de Tutankamón, -marcado con el número 62-, un joven rey con un papel menor en la historia, pero convertido en leyenda tras el hallazgo de su tumba intacta.

Más de cinco mil artefactos, incluyendo estatuas de oro fueron encontrados en la cámara funeraria de ese faraón egipcio, cuya momia lucía una máscara dorada dentro de un ataúd hecho con más de 90 kilogramos de oro sólido.
En vida a ese gobernante le tocó rescatar el culto a Amón Rha, luego de las campañas monoteístas de Akenatón.
Hoy, es uno de los pocos que yace en la paz de la inmortalidad. Se dice que Amón lo ocultó de la vista de los saqueadores –dedicados durante años a profanar los espacios mortuorios- para revelarlo en un tiempo donde pudiera ser considerado.

Luego de su hallazgo en el siglo XX, su espacio era un testimonio de su infancia, en tanto fue enterrado con los juguetes, bastones, cartouches y las barcas de su corta vida.
Entre un laberinto de túneles, las tumbas excavadas allí respiran magnificencia, grandeza, color, ensoñación, aventuras, barcas, viajes. Y eso lo dejan ver todos los relieves que rodean las cámaras.

Según las antiguas creencias, los botes eran fundamentales después de morir. Colocarlos a escala en las tumbas era una parte vital de cualquier práctica funeraria.
Solían incluir en ellos a la tripulación, porque se creía que las réplicas cobrarían vida y ayudarían a pescar y transportar en el inframundo. La gente común consideraba que podía alcanzar la otra vida remando en el Nilo.

Para los egipcios, el inframundo era un paso esencial hacia la inmortalidad. La muerte era considerada una invitación gozosa. Por eso las cámaras están llenas de colorido y pinturas, indicando la conexión simbólica con el espacio celestial.

Los trazos en los pasillos que te conducen a ellas recuerdan el juicio de Anubis y la idea de pesar el corazón en una balanza con una pluma de avestruz para asegurar que el primero llegara a la muerte con tranquilidad.

Pasar ese obstáculo garantizaba la liviandad de ese órgano, no tanto en el plano físico, sino en lo espiritual. La vida daba el tiempo para serenar el corazón, de manera que, llegada la hora, el cuerpo pudiera marchar a esa travesía hacia la eternidad.
Mientras el alma enfrentaba a Anubis y respondía por lo que había sido en vida, el cuerpo se embalsamaba para garantizar que estuviera íntegro para el viaje, cuando se produjera el retorno del espíritu.

Ellos pensaban que cada persona tenía tres almas: la ka, ba y akh y para que florecieran, el cuerpo debería sobrevivir intacto. De modo que trataban de preservar sus cuerpos lo mejor posible y para ello desarrollaron técnicas de embalsamiento.

Cuando tienes ocasión de aquilatar ese saber, entiendes que los egipcios sabían para qué nacían y por qué morían. Al darse en su contexto el fenómeno de la inmortalidad, ellos no se permitían morir fuera de Egipto.

Comprendes entonces los desvelos de Sinuhé, cuya trama da cuerpo a una novela que leí hace muchos años.
La presión y urgencia del protagonista por regresar a suelo natal ante la cercanía de la muerte, ilustraba la realidad de ese tema, al cual le dedicaban un espacio principal dentro de su cosmogonía.

“Seguro me dejarás ver el lugar donde aún reside mi corazón, preguntaba el egipcio. ¿Qué importa más que ser enterrado en la tierra que me vio nacer?”. Y con ese cuestionamiento abandonó la gloria mundana para ser purificado y restaurado en su identidad.

En Sinuhé pesaba el dolor del exilio y la tristeza de encontrarse en suelo extranjero, pero lo que le hizo dejar atrás familia e hijos y volver desesperado a su patria, era el destino de su alma.
Sin importar lo que le acarreara, encontró paz en ese hecho.
Esos tintes literarios me permitieron visionar mejor a un país que emergió de las arenas muchas veces. Cuando te acercas a sus tesoros tienes la sensación de haber sido parte, por un breve instante, de su cultura, dueña de una longevidad histórica que siempre habrá que respetar.




Me gusta mucho cuando tus historias de viaje ,hacen referencia a lugares tan interesantes como este por su importancia histórica y por su increíble nivel d conservación, gracias por lograr con tus magnificas narraciones q podamos disfrutar de experiencias como estas