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La guardiana del huerto.

  • Foto del escritor: Sissi Arencibia
    Sissi Arencibia
  • hace 2 días
  • 4 min de lectura

Dicen que al escribir se tejen las ficciones con hilos de verdad. Igual que al pintar, cuando haces tuyo el acto de narrar, conectas con ese mundo allá afuera, cruzas el umbral a otro plano, haciendo que tu historia o aquella que has hecho tuya se vuelva inmortal.


Por eso en lo que relato procuro ser tan original como lo siento, porque la palabra tiene poder. Tiene la fuerza para construir, edificar, inspirar, y también puede impactar tanto positiva como negativamente.


El poder usarla es un regalo único y maravilloso, porque ella es instrumento de amor y gracia.


Siguiendo ese principio y aquel de que todo lo bueno o malo que hagamos impacta a siete generaciones, trabajo en dar forma a mi mundo y me responsabilizo con su bienestar para que quienes vengan detrás tengan la tierra lista para una nueva simiente.


A manera de guardiana hago balance de lo plantado para liberar la tierra de malas yerbas y superviso la mezcla a fin de que el suelo  se alimente de los nutrientes necesarios para garantizar que todo regrese de forma abundante.


La filosofía de la séptima generación es una enseñanza practicada en muchas culturas indígenas americanas para enseñar a pensar en la continuidad del tiempo, respetando a las siete generaciones pasadas y cuidando las siete futuras.


Vista como una especie de legado donde las decisiones de hoy forjan el mundo que heredarán los del mañana, ayuda a fomentar sostenibilidad y responsabilidad con el medio ambiente, los recursos naturales y las relaciones comunitarias.


Regenerar es el principio que mejor resuena con esa antigua y poderosa sabiduría que nos insta a vivir con una mayor conciencia de nuestro legado a largo plazo.


Por eso regresar al huerto, a la tierra, a la esencia para crear balance es lo que garantiza estar más afín con ese objetivo. Aparte de ser un lugar místico para el reencuentro, es una de las terapias más eficientes contra el estrés.


Ese acercamiento nos permite observar, recordar los ritmos naturales y reconectar. Es una manera de volver a mirar la vida con calma y cuidar el espacio en que habitamos.


Así como cuando plantas algo, creas vida y te vuelves parte de un equilibrio, es labor de cada uno revisar lo que alimenta el suelo de su templo y cómo se nutre su experiencia presente.


Con esa fuerza primigenia que empuja a la reproducción, la naturaleza es la que mejor nos enseña cómo puede cobrar vida de nuevo un entorno castigado, crudo, doloroso, desarraigado por el efecto climático.


De manera similar pasa cuando nos dedicamos a sanar el trauma generacional y a romper ciclos de comportamiento negativo. Las prácticas restaurativas ayudan a mejorar nuestras vidas y las de nuestros descendientes.


Es liberador desafiar las normas dañinas o peligrosas de una familia que han causado dolor durante generaciones.


Todos somos únicos y especiales. Cada uno con un camino particular y un viaje por recorrer. Venimos con un propósito integrado que muchas veces no tienes que buscar, porque él te encuentra a ti.



Esa es nuestra nota distintiva en medio de la gran sinfonía y la multitud de instrumentos que forman la orquesta de la vida. Tocar tu propia nota significa ser tu mismo y hablar de lo que es importante para ti.


Darse cuenta del valor propio es conocerse a otro nivel. Es alzar el vuelo teniendo claro quién eres y en qué te has convertido.


Me llevó años de práctica y reevaluación constante poder llegar adonde me encuentro hoy. Aprender sobre la marcha, cometer errores, hacer cambios y corregir el rumbo, según avanzaba, es parte de ese bregar.


Cultivé la paciencia como principio de un largo viaje que no siempre resultó cómodo, pero me permitió progresar lentamente.


He mirado hacia mi huerto una y otra vez, buscando oxigenarlo. Recabé datos sobre quién soy, de dónde vengo y cómo funciono y con ello encontré el camino hacia una mayor certeza y una idea más consistente sobre mí misma.


Al lograr verme con más claridad, pude ser consciente de cómo la vida nos lleva a redescubrir un camino nuevo constantemente, a encontrar nuevas formas de relacionarnos con el mundo, de generar servicios para los otros.


Transformarme planteó lo necesario de abandonar estilos antiguos, de desarraigarme de lo cotidiano y habitual, de dejar de sostener estructuras y creencias construidas desde siempre.


Revisar el estado del suelo me ayudó a caminar sin exigencia, sin tanta precisión y detalle.


La vida nos pide explorar otras formas para congeniar mejor con los otros y en ese sentido se hace imperativo revisar los canales de riego para ver si están debidamente orientados en nuestros plantíos.


Solo así podemos saber si nuestra historia presente tiene libertad para que el agua fluya.

Descubrir la luz que llevo dentro me llevó a ver mi historia de una manera honesta. Utilizarla en beneficio del resto me hizo llegar más lejos de lo que alguna vez creí.


Como parte de ese acercamiento, vi con extrema crudeza obstáculos que parecían insalvables, circunstancias incómodas y desilusiones profundas. Casi todas provocadas –como siempre pasa- por personas externas que intentan fraguar la alegría y la estabilidad.


Pero las crisis son permitidas para emerger y volverte imparable. En ellas descubres grandes verdades y te haces de unos fundamentos inalterables.


Todo lo no tan bueno que nos pasa, termina elevándonos a otros planos y fortaleciéndonos. Los eventos tristes te llevan a improvisar, al tiempo que generan mayores cuotas de fe, confianza y compasión.


Y eso es parte de volver la vista al principio, a la esencia para proyectarnos en una experiencia más equilibrada. De evolucionar hacia otro estado para que el suelo de los que me siguen esté más libre y despejado.

 

 

 

 

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Sobre este blog

Mis pasos han tenido la suerte de andar muchos caminos. Algunos con curvas que me hicieron caer; otros filosos en los que superé pruebas dolorosas y muchos gratificantes, que me llevaron a cumplir el sueño de explorar el mundo. Leer más.

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