Las suaves colinas de nuestra historia.
- Sissi Arencibia

- hace 11 minutos
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A veces necesito recordar que la verdadera historia no se forja en la seguridad de las colinas. Por mucho que nuestra mente vuelva a los espacios que le resultan cómodos buscando confort y quietud, no es ese el principio de la vida.
Por estas fechas el pensamiento se dispersa, la conexión de las ideas se vuelve algo confusa. Y ese desorden obedece al amasijo de emociones que se revuelven en el ambiente familiar por la partida de uno de los suyos.

Uno trascendente, amado y parte fundamental de la zaga a la que pertenezco.
Hace diez años por estas fechas, la vida trajo esas notas oscuras a nuestras vidas con la partida de Marlon. Y esos tintes amargos persisten, aunque pase el tiempo, para recordarnos el tamaño de lo que perdimos.
Lo que queda es detenerse en ese tiempo anterior, donde contábamos con la presencia física de cada una de las partes.
Intentando sortear los escabrosos atajos que un día tomó el curso del destino y que nos dejaron marcados para siempre, evocamos ese momento donde nos sentíamos seguros, igual que David en las colinas de Judá.

La mente regresa, siempre regresa y aunque el presente demande otras cuotas de exigencia, también uno anhela –al igual que el personaje bíblico- volver al refugio de las suaves colinas, donde sus ovejas pastaban con tranquilidad.
Es una especie de consuelo traer esa reseña al pensamiento cuando enfrentas la sacudida de ese torrente que un día se llevó personas y momentos que significaron, estampas memorables de la tribu con la que creciste, ayudaste a forjar y de la que fuiste parte.

Al igual que nos pasa a todos, los grandes personajes del pasado tuvieron semejantes flaquezas a lo largo de su vida. Recuerdos que los marcaron, desilusiones que los llevaron a caer y pérdidas que significaron una ráfaga helada en sus vidas.
En momentos en que su temple flaqueaba tras ser expulsado de la casa de Saúl, el pastor que tocaba el arpa y pasó a la historia por vencer al gigante filisteo Goliat, necesitó escuchar que una vida de servicio y trascendencia requiere sacrificio.

La historia no se forja en lugares seguros, le recordó el profeta Samuel. “Una vida poco común, exige un precio extraordinario”.
Amé ese punto de inflexión de la historia, donde el valiente guerrero que unificó el reino de Israel y compuso la mayoría de los salmos cayó en cuenta que su misión estaba más allá de los pastos y las suaves colinas de su aldea.
Según el Libro de Samuel, “el ungido conforme al corazón de Dios” estaba lejos de saber que en su destino estaba reinar por cuarenta años, haciendo que la descendencia de su linaje nos llevara hasta Jesús.

A veces ansiamos volver a ese espacio seguro donde en un momento estuvimos. Nos permitimos soñar con las suaves colinas, con eso familiar y bueno de años atrás, donde no había partido ninguno y cada uno era la pequeña parte de un todo.
Nada eclipsaba los tiempos gloriosos de entonces, pero soy consciente que ni la vida, ni las verdaderas historias se forjan ahí. Nada sucede en la seguridad del puerto.

Hoy caminas en otro espacio y permites que el baúl se llene de recuerdos, porque la pérdida es como un capítulo abruptamente arrancado de tu historia. Y no te queda más que integrar el dolor a medida que se integra la pérdida en la vida.

A veces cierras los ojos y rezas para que vuelva o los abres y ves todo el amor que dejó a su paso.
Sigues adelante y dejas que el pensamiento divague hacia todo lo bueno que compartimos. Encuentras consuelo en eso, porque los recuerdos siguen enraizados en la memoria.
En esa especie de núcleo en el que creciste, que es al final tu tribu. En la casa donde creciste, donde se formaron tus valores y donde viste nacer a tus hijos.

Aunque la vida te lleve a mudarte decenas de veces, perteneces a ese lugar donde tomó forma tu mundo. En mi caso, a la casa desde la que se divisaba la enorme ceiba y en torno a la cual corría y jugaba.
En ella entendí la importancia de crecer en una familia estable, con peculiares historias, pero de uno al fin.
Y ese es un clarísimo sentido de pertenencia que te sigue adonde vayas, que siempre lo llevas en mente aunque te aferres a otro destino, como un náufrago a una balsa.

Darías cualquier cosa por retener a quienes formaron parte de ese mundo, porque ellos te traen una especie de aroma, de brisa fresca y el calor de ese hogar que un día te cobijó.
Aunque algunos, como mi amado Marlon, partieron antes, siguen figurando en ese batallar, recordándome por momentos la tranquilidad de un tiempo pasado, la sencillez de aquella vida y la fresca sensación que solo aportan las suaves colinas de nuestra historia.




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