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Los colosos de Memnón son los centinelas eternos del Nilo.

  • Foto del escritor: Sissi Arencibia
    Sissi Arencibia
  • hace 5 días
  • 3 Min. de lectura


Hay dos gigantes de piedra que resistieron el paso del tiempo como si fuesen los últimos testigos de una civilización desaparecida. Son estatuas gemelas que durante más de tres mil años desafiaron tormentas, terremotos, saqueos, sin perder su majestuosidad.


Les llaman los centinelas eternos del Nilo, porque los Colosos de Memnón son como guardianes del pasado, construidos en su tiempo para coronar la entrada del gran templo funerario del faraón Amenhotep III.


Además de proteger los restos del gobernante en su descanso eterno, se levantaron para adorarlo como un dios terrenal en el Alto y Bajo Nilo.


Los colosos se alzan en la árida llanura de la antigua Tebas, en la vertiente occidental del río, cuyas crecidas anuales hicieron desaparecer los cimientos del complejo, quedando sólo ellos en el sitio. Ahí permanecen firmes y silenciosos.


Erigidos durante la XVIII dinastía del imperio nuevo por orden del propio faraón, también conocido como Amenofis III, son hoy uno de los monumentos más importantes de Luxor.


Lo representan sentado en su trono, llevando el tocado real de Nemes y mirando hacia el Nilo, desde donde dirigió uno de los más largos períodos de gobierno en una época de paz en la que Egipto ratificó su poderío comercial en la zona.



Fui hasta ellos porque su gracia -como todo en esta nación- permite descender a las profundidades del tiempo buscando los hilos históricos de un poderoso imperio, que dejó un importante legado de templos y construcciones.


Quería mirarlos de cerquita y sentirme pequeña ante su grandeza. Pero también había otra razón. Mi memoria recordaba un pasaje leído y eso fue suficiente para llegar allí.


Durante siglos los viajeros del mundo antiguo llegaron al pie de esas estatuas atraídos por un extraño sonido que se dejaba escuchar en una de sus fisuras. Una especie de canto melódico emitido al amanecer las hizo elevarse al estatus de leyenda.


Hoy se le atribuye el sonido a un daño provocado por un terremoto en el año 27 a.c, pero en esa época el canto matutino fue tan famoso y causó tal revuelo entre los griegos que emperadores como Adriano viajaron a la tierra de Egipto para escucharlo.


Topé con ese saber muchos años atrás cuando leí sus memorias. Y aunque la explicación de ese sonido se debía al cambio de la temperatura y humedad de la mañana en las grietas de la piedra, muchos griegos le adjudicaron el canto al héroe troyano Memnón.


El origen de su nombre se remonta a la época griega y a los evocadores sonidos de las estatuas, recogidos en los escritos de Estrabón, Plinio, Tácito y Juvenal. Fueron ellos los que documentaron su existencia.


Según la mitología griega, Memnón era hijo de la diosa Eos (la aurora) y fue asesinado por Aquiles durante la guerra de Troya.


Pero los griegos quedaron tan maravillados con aquel fenómeno que relacionaron el silbido que salía de aquellas piedras con la voz del alma del héroe saludando a su madre, al salir el sol.


De tal suerte que Memnón fue asociado por los egipcios al sol del amanecer, junto a Amón. Alguien como yo tenía que llegar allí a pesar de que esos ecos legendarios cesaron mucho tiempo atrás luego de la restauración de las estructuras en la época romana.


Los guardianes de Memnón fueron la antesala de un complejo –de unas 35 hectáreas de extensión- que, aunque fue devorado por el tiempo, rivalizó en esplendor con los templos de Karnak y Luxor.


Según los textos históricos, fue el más grande y opulento del Antiguo Egipto.


Ubicados entre Luxor y el valle de los Reyes, esas dos estatuas desafían al tiempo y la erosión desde hace más de tres mil años. Su visita se incluye en todos los itinerarios que se hacen por esta tierra.


Sus piedras ya no cantan, pero siguen atrayendo al mundo por su tamaño, por su edad, y por lo que representan como elementos del arte y la ingeniería de ese imperio.


La capacidad humana para construir símbolos que trascienden el tiempo hace de los colosos más que simples esculturas. Son recordatorios silenciosos de un imperio desaparecido.


Están esculpidos en grandes bloques de cuarcita, traídos desde unas canteras localizadas cerca de El Cairo. Separados por unos quince metros, la altura de cada uno es de 18 metros y su masa está estimada en 720 toneladas.


Sus proporciones nos hacen cuestionarnos cómo se levantaron y transportaron esos grandes bloques de arenisca con las tecnologías tan precarias que tenían.


Elevarlas a más de cuatro metros hasta colocarlas en sus pedestales, siempre hará que nos preguntemos el origen de esos bloques monolíticos y también que miremos con misterio al Nilo, porque muchas respuestas conducen a él.

1 comentario


estrehernandezfuentes
hace un día

Siempre sorprendida por las maravillosas historias de Egipto. Muy interesante y bonita la forma en q cuentas este tema de los Colosos d Memnón, desconocía muchos datos q hoy nos compartes en tu página.

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Sobre este blog

Mis pasos han tenido la suerte de andar muchos caminos. Algunos con curvas que me hicieron caer; otros filosos en los que superé pruebas dolorosas y muchos gratificantes, que me llevaron a cumplir el sueño de explorar el mundo. Leer más.

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