Siguiendo las pistas al lenguaje de las piedras eternas.
- Sissi Arencibia

- 15 ene
- 4 Min. de lectura

En Egipto hay un lenguaje que parece hablarnos desde las paredes del valle de los Reyes, las columnas de Karnak y el templo de Horus. Son unos símbolos cargados de poder que sobrevivieron al tiempo y con los que se fue tejiendo la historia de faraones, cosechas y rituales.
Piedra a piedra, muro a muro, los jeroglíficos contaron historias y comunicaron más allá del tiempo la voz de un pueblo que vivió cinco mil años atrás en las riberas fértiles del Nilo y cuya civilización quiso hablarle al futuro.

Se trata de un lenguaje sagrado presente en cada línea y cada curva de unos trazos pictóricos, que te enlazan con escribas y elegidos, entrenados por años para dibujar cada signo con precisión religiosa.
Seguir esas pistas te lleva por curiosos derroteros de la historia y mundos sorprendentes, como todo en esta tierra, abrazada por el desierto y donde el Nilo serpentea como una vena azul entre la arena dorada.

No paré hasta virar con esa huella en una plaquita de oro, llamada cartouche, donde los egipcios tallan tu nombre tal y como lo hacían en tiempos faraónicos. De las cosas que guardo de ese país esa es una de las de mayor valor sentimental.
Tal vez inspirada en escritos sumerios, la escritura egipcia antigua se desarrolló entre el año 3300 y el 3100 a.c. La llamaban palabra de Dios y era considerada sagrada en tanto creían que Thoth se las había legado.

Existían unos 700 caracteres jeroglíficos de uso común. La mayor parte de ellos eran dibujos que representaban sonidos y letras y podían escribirse de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, o hacia abajo.

La extraña forma de estos signos asentados sobre papiros fue dando cuerpo a su mundo en una etapa muy temprana de los tiempos, pero con la llegada de nuevas lenguas y culturas, su conocimiento se perdió.
Durante mil 500 años nadie supo leer esas figuras. Todo el legado faraónico quedó sepultado, cuando el último templo se cerró tras la dominación romana y la entrada del cristianismo y otras oleadas de la fe.

Su destino quedaría atado a Roma, a las religiones de Oriente, a la espada de Saladino, a la fuerza de los bereberes, a la impronta de los turcos y a los reinos mamelucos. Todo lo cual contribuyó a que Egipto se volviera un pueblo árabe.
Pero, un hallazgo fortuito cambió la historia y hoy sabemos de todo eso gracias al descubrimiento por soldados franceses de la piedra Rosetta, la cual tenía grabada un texto en tres lenguas, incluyendo los jeroglíficos.
Ese hecho, acaecido en 1790 durante la campaña de Napoleón Bonaparte por Oriente, resultó clave para entender.

La piedra de basalto fue una especie de llave en el tiempo con la que posteriormente otro francés, de apellido Champollion, pudo entrar y descifrar ese pasado y romper el silencio de muchos siglos.
Por todo eso es que Napoleón siempre será uno de los rostros más cautivantes de la Ilustración. Él se encargó de dirigir a los hombres que dibujaron y registraron de forma rigurosa todo lo que el mundo desconocía hasta ese entonces.

El valor de las tumbas, los sarcófagos, los obeliscos y aquellos trazos extraños del país del Nilo fueron esbozados por Francia en unos dibujos que harían que la gente de aquella época pudiera soñar con lo ignoto e imposible.

La expedición trascendió el resultado militar, porque Francia tuvo que capitular en Alejandría y entregar todo a Inglaterra, tras la derrota, pero gracias a ella Egipto fue visible y el legado de esa civilización, también.
El sistema escrito que había sido incomprensible durante siglos, salió a la luz gracias a la Ilustración, un movimiento cuyo espíritu permitió ver de otra manera el mundo que aquellos soldados encontraron, construyendo un fuerte militar en Rosetta.

Sin ese espíritu, tal vez, el silencio no se hubiese podido romper y Occidente no hubiese podido llegar a los templos de Luxor, de Karnak, de Edfu y descifrar la esencia de un pueblo con un peso histórico importante a lo largo de cinco mil años de existencia.
Los sueños de grandeza de un hombre fueron responsables de que un legado como ese saliera a la luz y sus hombres adjudicaran valor a una piedra.

A pesar de los vacíos de conocimiento de la época, ellos intuían que estaban pisando una tierra de proporciones épicas.
Afín a los grandes conquistadores, su delirio de reproducir la ruta de Alejandro Magno permitió que aquella expedición llevara consigo dibujantes, científicos, astrolabios, instrumentos de navegación y eso la hizo distinta de otras.

El resultado de su campaña hizo emerger Egipto de las arenas del desierto. Siempre habrá que recordar aquel dibujante enloquecido de las huestes napoleónicas, quien va a dar al mundo la primera mirada de la tierra de los faraones con un grado de fidelidad y detalle que el mundo agradecerá por siempre.

Sus dibujos a lápiz fueron el primer acercamiento a una tierra grande, antigua y poderosa. Pero fue la piedra, la que permitió entender ese alfabeto y descifrar el lenguaje de los señores del loto y el papiro.

Todo lo que vino de allí fue sorprendente, pero Champollión, ese genio conocedor de 12 lenguas, dejó un legado listo para ser comprendido. Y desde ese entonces desató la fiebre y el interés por una tierra, que todavía hoy despierta la misma capacidad de asombro.




Superinteresante,muy esclarecedora tu forma de compartir tus conocimientos sobre temas como este, siempre interesantes ,excelente información.