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Navegando en Elefantina con el susurro del Nilo.

  • Foto del escritor: Sissi Arencibia
    Sissi Arencibia
  • hace 1 día
  • 3 Min. de lectura


Una faluca flotaba aquella mañana por las apacibles aguas que bordean la isla Elefantina. El rumor del agua era constante e hipnótico. La embarcación era empujada por una brisa que apenas se sentía, pero que bastaba.


No había prisas para mí ese día. Tampoco ruido de motores. Solo el leve crujido de la madera de la barcaza. La mirada apacible y quieta de quien la manejaba aportaba esa sensación de calma que tiene navegar por las aguas de Egipto.


Cada tanto, una ruina aparecía en la distancia: un templo se asomaba como si emergiera del propio río.


Navegar por ese tramo del Nilo es de esas cosas que vale la pena hacer, porque a orillas de ese afluente, bajo el inclemente


sol del Alto Egipto, reposa una isla que flota entre dos mundos: el antiguo y el eterno.


El susurro del río bastaba para hacer grato ese día. Él no te lleva, más bien te envuelve. Ancho, sereno y venturoso, se estira como una cinta azul que corta el desierto en dos mitades: una de historia y otra de misterio.


Navegar por él es retroceder en el tiempo. Es ver cómo las orillas desfilan al compás del agua con escenas que parecen detenidas desde hace milenios. Uno se da cuenta de que no se trata de una  simple travesía. Es toda una ceremonia.

 

Hay una calma casi sagrada al navegar por entre sus aguas. Ver aquellas pesadas piedras de las que hace gala la literatura del siglo XX, te hace sentir que no estás viajando a través de un país, sino por dentro de una historia.

 

En la cubierta, con el corazón quieto y los sentidos despiertos, entiendo por qué los egipcios adoraban este río como a un dios. Porque navegar por el Nilo no es ver el paisaje. Es sentir que, por un instante, formas parte de algo eterno.

 

En las entrañas de la isla Elefantina habita la historia misma.


Situada frente a la ciudad de Asuán, esa pequeña franja de tierra ha sido testigo de imperios que nacen y caen, de faraones que alzaron templos al cielo y de escribas que dejaron grabados sus días en piedra.


Hoy, la isla late con un ritmo tranquilo, casi susurrante, pero los ecos del pasado murmuran entre las aguas que dejan ver su perspectiva.


Los arqueólogos la conocen bien. Allí se encuentran las ruinas de templos dedicados a Jnum, el dios carnero que, según las creencias egipcias, moldeaba a los humanos en su torno de alfarero.


Desde tiempos predinásticos, Elefantina fue un puesto fronterizo y un centro comercial entre Egipto y la tierra de Nubia, una región geográfica del noreste de África, destacada por la riqueza mineral que había en sus límites.


Sus piedras, erosionadas por siglos de viento y arena, conservan inscripciones que cuentan historias de tributos, pactos y algunas expediciones realizadas más allá del desierto.


En el extremo sur de Egipto y el norte de Sudán, a lo largo del valle del Nilo, se levanta el pueblo nubio de Siou, una antigua comunidad conocida por sus casas coloridas, su cultura vibrante y la amabilidad de sus habitantes.


Acercarme a este asentamiento me posibilitó entender la cultura de este grupo etno-lingüístico de africanos indígenas, originados a partir de los primeros habitantes de la zona central del valle del Nilo.


De profundas raíces históricas y una posición geográfica ideal, la tierra de Nubia era un reino independiente de la antigüedad que destacaba por sus ricas minas de oro y por la habilidad de sus hombres en el manejo del arco.


Su población se asienta entre la primera y la sexta catarata del Nilo.


Un paseo en dromedario, el recorrido por las casas típicas, el acercamiento a su mercadillo y el disfrute hacia la vista del Sahara, es parte de lo que se puede hacer en esa comunidad, de costumbres y tradiciones ancestrales.


Aunque fue un día curioso y relajado, nada fue tan encantador como pasear en aquella barcaza por las aguas del Nilo.


Inmenso e inmóvil como una promesa antigua, se dice que bajo sus aguas dormita el pasado. Y es probable. No sería raro que, con cada corriente, el rio arrastre secretos aún no revelados, como si supiera que el misterio es parte de su identidad.


Elefantina no es grande, pero su peso simbólico es inmenso. Es un lugar donde cada piedra, cada sombra, cada grieta parece haber sido testigo de algo importante.


Donde se siente –más que se ve- el latido de una civilización que, aunque desaparecida, aun se niega a ser olvidada.


Allí el tiempo no se cuenta en horas, sino en dinastías. Y cada visitante que se detiene se convierte, aunque sea por un instante, en parte de su larga historia, donde nombres como Karnak, Luxor, Kom Ombo quedan en la memoria. 

 


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Sobre este blog

Mis pasos han tenido la suerte de andar muchos caminos. Algunos con curvas que me hicieron caer; otros filosos en los que superé pruebas dolorosas y muchos gratificantes, que me llevaron a cumplir el sueño de explorar el mundo. Leer más.

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